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Relatos

27/12/2012 Juan Liaño
La fiesta de Mo

Acaban de dar las ocho de la mañana y el ajetreo en la oficina ya es de infarto: siempre exigente, exprime a los adormilados oficinistas al ciento diez por ciento sin esperar a que calienten motores y espabilen un poco.
Los tubos de neón, colocados en hileras paralelas, cubren la superficie del techo; son tantos que no dejan lugar a las sombras para perfilar de claroscuros los contornos de las cosas y de los cuerpos, acentuando así su lado más impersonal.
A Mo, de habitual noctámbulo y poco amigo del despertador, hoy no parece afectarle especialmente la carga de trabajo ni el ruido de fondo ni las luces. Lleva levantado tres horas y media y sigue como una moto, ajeno a las horas que le ha robado al sueño y a sus consecuencias, como que se quede sin batería cuando más lo necesite.
Mientras los demás tiran de mala gana de sus cuerpos para cumplir con el rito diario, él no para; va y viene, sale y entra de los cubículos que parcelan la enorme planta -más de mil quinientos metros cuadrados- de la oficina, desaparece tras los paneles, reaparece, viene, va, vuelve sobre sus pasos, va, viene, desaparece, reaparece vuelve a venir, a irse, a perderse, y todo sin dejar de morderse con avidez lo que le queda de las uñas tras las mordidas anteriores: no lo puede evitar, dice, a pesar de que ya le duelen un poco las encarnaduras.
Está nervioso y no sabe; está nervioso y no puede quedarse quieto, pero por más prisa que tenga, no puede hacer otra cosa más que esperar a que el tiempo, de una puñetera vez, eche a correr junto a él en vez de quedar siempre rezagado muchos metros atrás. Y esto le hace pensar en la extrema debilidad del tiempo, que no acierta a saber si es debida a un exceso de grasa o a su extrema delgadez, aunque se inclina más por lo segundo que por lo primero, ya que, de unos pocos años acá, cada vez que abre los ojos después de cerrarlos el lunes parece que fuera viernes, y eso lo tiene mosca, o depre, no acierta a saber; en cualquier caso, pillado.
En este estado de ánimo, Mo no ve a Mo; sí, en cambio, a los otros, en los que se mira cada vez que le preguntan por los duendes que asoman. Y lo que ve en sus ojos, en sus pasos apresurados tratando de seguir los suyos, en sus palabras atropelladas, se parece mucho a la ansiedad.
Mo necesita espacio, pero nada de lo que hace para matar el tiempo le sirve para abrirse hueco y respirar.
Los otros con los que tropieza en su extraviado deambular por la oficina son muchos, pero no son ellos, sino sus amigos de siempre ?la mayoría de camino a esa hora?, los que acaparan su atención.
Lu y Tse, a los que conoce desde parvulito, están a punto de llegar a la ciudad. Mo los invitó a su fiesta de cumpleaños, y ahora que están muy cerquita no puede reprimir la emoción que siente ni refrenar la fantasía, que se le dispara a cada minuto que pasa, sobre el feliz encuentro. Los nervios lo atenazan, impidiéndole hacer otra cosa que no sea dar vueltas sin ton ni son y tropezar con los demás y con las esquinas a cada paso.
No sabe cuántas veces ha mirado los relojes que cuelgan del techo a lo largo de los pasillos ni cuantas más los mirará, como si no tuviera otra cosa que hacer más que ver cómo las agujas cimbrean -tic tac tic tac tic tac- al avanzar sobre sus esferas. Y así, una hora tras otra, minuto a minuto, segundo a segundo, hasta que suene el gong de salida, hasta que suene, hasta que...
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Un poco más allá del mediodía, Mo cae puyero sobre la mesa. Se sentó un momento para comprobar algunos datos en la pantalla del ordenata, pero el baile de números pudo con él, arrastrándole al sueño. La noche la pasó en vela, con el susto metido en el cuerpo y el espanto saliéndosele por los ojos.
-?¡Eh, Mo, la hora!... ¡Mo, Mo, despierta, joder, que cierran la puerta!... -pero Mo no se da por aludido; duerme.
?¡Mo, Mo, vamos!
?Ya voy -reacciona-, ya voy, sólo un segundito -?responde adormilado-, no tardo -Pero no; Mo, definitivamente, no va. El sueño se ha apoderado de él, llevándoselo de camino a casa por extraños pasajes: son cuarenta y ocho horas concentradas en apenas unos minutos; cuarenta y ocho horas que comienzan su andadura en la ratonera de su casa un par de horas después de llegar de la oficina, cuando los nervios le atenazan los nervios y ya no lo dejan ni vivir?

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? En situaciones así, Mo no sabe qué hacer, si esperar de brazos cruzados a que pase el tiempo o seguir haciendo cosas absurdas, como abrir y cerrar puertas para nada, leer sin enterarse de lo que lee, o sentarse cada dos por tres para levantarse al instante y salir disparado sin motivo hacia ningún sitio.
Visto lo visto, después de sufrir las consecuencias de ponerse en una situación y en las otras, decide que lo mejor que puede hacer es largarse al aeropuerto. Faltan casi dos horas para la llegada del vuelo de sus amigos, pero ya no puede más: «total, para seguir dando vueltas, mejor me voy», murmura. Así que, sin pensárselo dos veces, se dispone a salir. Coge el periódico y un par de bolis, y tira.
Nada más poner los pies en la calle, le asalta la duda: «las llaves, ¿cogí las llaves?». Veloz como el rayo, se gira y se lanza sobre la puerta justo antes de que se cierre. «¿Dónde demonios las puse?», se pregunta, hace memoria. No dar con las llaves a la primera le pone de los nervios, y como siempre que se pone de los nervios cuando no encuentra a la primera lo que busca, repite la secuencia de gestos varias veces, en esta ocasión bolsillo a bolsillo, una, dos, tres veces, al principio para invocarlas, luego por hacer algo, antes de percatarse de que las lleva enganchadas al pantalón por una de sus presillas. «Bueno, ya está», piensa. Pero no, porque a pesar de haber descubierto que sí, que las lleva consigo, la duda persiste, obligándole de nuevo a entrar en la casa, ahora para comprobar, por ejemplo, que apagó el calefactor del cuarto de baño, o que cerró el grifo del lavabo, o que? Mo no para de mirar por todos lados y de revisar la casa, habitación por habitación, sin saber para qué. Aunque todo parece en orden, sigue intranquilo. Al poco, después de decirse que mejor se deja de tonterías, sale otra vez a la calle. Instintivamente, palpa el manojo de llaves antes de tirar de la puerta, cierra, se da la vuelta y se dirige al garaje, abre el coche, entra, pone el motor en marcha, sale, enfila la calle y -¡por fin!-, se cuela entre dos coches en la caravana serpenteante del tráfico que lo llevará al aeropuerto.
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La circulación a esa hora de la tarde, aunque densa, es fluida. Al aeropuerto llega casi sin darse cuenta.
Toma la dirección indicada para la llegada de los vuelos, se dirige al parking P1, el más próximo a la entrada, recoge el ticket y accede a la primera planta. La recorre despacio, mirando con avidez a uno y otro lado en busca de un hueco. No se le había ocurrido pensar que el aparcamiento iba a estar a tope, y eso lo deja un poco fuera de juego. Mira por el espejo retrovisor. Un coche lo sigue a poca distancia. Mo se aferra al volante. No está dispuesto a que le pisen la primera oportunidad que se presente. Gira hacia la izquierda siguiendo el óvalo de la planta y mira de nuevo al coche que lo sigue por el espejo retrovisor. Ni un hueco frente a él; tampoco detrás, lo que le hace respirar aliviado. Sale al exterior y encara la rampa que conduce a la planta baja. Entra y la recorre en zigzag siguiendo las flechas dibujadas en el suelo. Nada, ni una mísera plaza libre. Hasta las zonas prohibidas están ocupadas. Desesperanzado, mira el reloj y jura en arameo: «¡mierda de Ayuntamiento!», grita. Por fin, casi a su altura por el lado izquierdo, sale un coche. Frena en seco, retrocede un poco para dejarlo maniobrar y espera a que recule y se largue. Por el espejo retrovisor reconoce al coche que lo seguía. Está parado tras él, esperando como él, buscando como él. Una ligera sonrisa aflora a sus labios: ya no tiene de qué preocuparse.
Aparca. Mira de nuevo el reloj -tiene casi una hora de margen, según la hora de llegada que le anunciaron-, baja del coche, se dirige a la escalera, sube a la planta principal del parking y coge el túnel acristalado que lo conecta con la zona de Salidas, donde se encuentra la cafetería.
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A través de las cristaleras panorámicas de la cafetería observa el movimiento en las pistas: los aterrizajes y despegues de los aviones, los camiones de repostaje, los vehículos articulados de carga, el desembarco de pasajeros, los autobuses para recoger o depositar a los pasajeros a pie de escalerilla? Al cabo de un rato, después de hacerse una idea de cómo funcionan las cosas en la pista, captura entre los dedos pulgar e índice de la mano derecha la imagen de los vehículos, de los operarios, de los pasajeros, y los traslada de un lugar a otro, como recuerda que hacía de pequeño cuando jugaba con los clics: de los hangares a los aviones y de estos de nuevo a los hangares, o a las puertas de embarque. A cada poco, echa una ojeada alrededor para cerciorarse de que no lo miran y continúa jugando. Lanzando imaginariamente al vuelo a los aviones se siente un dios en miniatura. Siempre soñó con pilotar uno, el más grande y panzudo, para ver desde arriba, con el cielo despejado, el mapa de la tierra, o las blancas olas congeladas que forman las nubes los días de tormenta. Allí arriba no existe la velocidad, y el tiempo, sólo en el cansancio que se apodera del cuerpo y en el silencioso recorrido del segundero dentro de la cajita del reloj.
La espera se le hace interminable. Mira la hora: «¡solo han pasado quince minutos!», se sorprende. La impaciencia se lo come. Se acerca la esfera del reloj a la oreja para ver si funciona y protesta por lo lento que pasa el tiempo en situaciones así. Su ánimo, hasta ese instante tranquilo, se transforma en un torbellino de negra desesperación. Incapaz de abandonarse de nuevo a la fantasía, deja a un lado las pistas y busca en los titulares de prensa un poco de reposo. El día está encapotado. Aunque chispea, el nivel de contaminación del aire es muy elevado. Mo pasa distraídamente las páginas del periódico. Los recuerdos se instalan mansamente en su cabeza, como el de las tardes oscuras de invierno en casa cuando apenas era un mocoso, metido en el corralito, situado junto al canasto de la ropa en el cuarto de la plancha, jugando a los cochecitos sin decir ni mu mientras las gotas de lluvia chocaban suavemente contra los cristales de las ventanas? «Es una pena que el día no acompañe ?piensa?, pero mañana hará mejor», se consuela.
A lo lejos, ve descender sobre el terreno baldío que circunda el aeropuerto al avión que trae a sus amigos y sale disparado para recibirlos como se merecen: en primera fila. Por megafonía anuncian la llegada del vuelo: din don, don din don?
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La puerta corredera que separa el recibidor de la sala donde los viajeros recogen las maletas de las cintas transportadoras es de cristal opaco. De vez en cuando se abre para que salgan los primeros viajeros, los que sólo llevan equipaje de mano. Mo aprovecha esos instantes para estirar el cuello y asomarse al interior de la sala para ver si alcanza a verlos. En una de esas, por fin, los ve.
Lu y Tse, de pie junto a uno de los meandros que dibuja en su recorrido la cinta transportadora, esperan a que esta se ponga en marcha y comience a sacar de la pared las maletas de su vuelo. Pero, como siempre piensan, seguro que las suyas salen de las últimas.
?Como siempre, seguro?, dice Lu.
?A mí, lo que me pone de los nervios es equivocarme y coger una que no es mía. Eso me haría sentir como un ladrón, ¡ya ves qué estupidez!?, comenta Tse.
?Pues sí?, replica Lu, que se alegra al ver cómo la cinta se pone en marcha, mientras anima a Tse a acercarse un poquito más para que no le quiten el hueco que han conquistado al pie del primer meandro.
Tse observa una a una las maletas que aparecen. Hay un par de ellas que le hacen dudar. Le pregunta a Lu cuál de las dos es, pero Lu niega con la cabeza.
?¿No es ninguna de esas? ?, insiste Tse extrañado.
?No, Tse. Espera, no te impacientes, yo te aviso?, lo tranquiliza Lu.
?Gracias. No sé qué haría sin ti, cariño?, le dice Tse agradecido.
Pasados unos minutos recogen la de Tse; la de Lu tarda un poco más. Después de comprobar los cierres, se encaminan a la salida. Charlan animadamente. En una de las ocasiones en que se abre la puerta, ven a Mo. Gesticulan entre ellos para darse la noticia del descubrimiento, agitan enérgicamente las manos por encima de sus cabezas para atraer la mirada de Mo y aligeran el paso. Nada más traspasar la puerta, se dirigen hacia donde está. «Consuela que vengan a recogerte», piensa Tse, que ve a uno de los viajeros, uno que estaba sentado cerquita de él, un jovencito, al que no le echa más de treinta, alto y bien parecido, que no se merece que no lo reciban como es debido, abrirse paso presuroso entre las islas de seres humanos deseosos de abrazarse y de decirse no sé cuantas miles de cosas, todos y todas a la vez.
Mo los espera lleno de? ¿alegría, nerviosismo, inquietud, arrepentimiento, curiosidad? En realidad, no sabe. Lo único que puede afirmar al ciento por ciento es que la emoción lo embarga y que no puede quedarse ni quieto ni callado, aunque no sepa qué hacer ni qué decir. Al verlos, abre los brazos para recibirlos, y se funde con ellos, y se besan y se confunden al besarse al colocar los labios donde las mejillas, las narices donde los ojos, las bocas donde las orejas en un incipiente emplasto de babas que acaba al fin por separarles.
Después de abrazarse mucho, de atropellarse con palabras de bienvenida y alborozo, de reírse como niños al reconocerse en los viejos chascarrillos, de suspirar, de mirarse y regocijarse por el buen aspecto que tienen, salen en dirección al parking, suben al coche y se largan.
La mezcla de sentimientos que se le agolpan a Mo en la boca del estómago comienza a despejarse ahora que ha pasado el primer momento. Después de todo, lo que siente, por encima de cualquier otra cosa, es pura alegría.
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El viaje ha sido tranquilo y el aterrizaje suave, le comentan sus amigos durante el trayecto hacia el hotel. Mo se disculpa por el mal tiempo que hace, ?pero es que si hubierais venido ayer, la cosa hubiera sido diferente, no que hoy??, se disculpa.
-Allí arriba ?le dice Lu?- el día no parece el mismo. Todo el rato vine con las gafas puestas para evitar los destellos del sol sobre las alas del avión? Parece mentira, ¿verdad?
-Sí que es verdad- responde Mo, excitados sus sueños por la imagen que describen las palabras de Lu.
El trayecto al hotel es corto pero el tráfico es especialmente espeso y les obliga a una marcha lenta e intermitente. Lu se desespera porque el coche no corre tanto como las manecillas de su reloj: está cansado. Tse también está cansado y sueña con tumbarse en la cama.
Después de decirse a borbotones tantas cosas en tan poco tiempo, a ninguno le queda muchas ganas de seguir hablando: hace tanto que no se ven, tanto sin saber de sus vidas, de sus correrías, de su fortuna, que las palabras no encuentran hueco para salir ordenadas, solapándose unas a otras, interfiriéndose. Poco a poco, cada uno por motivos diferentes, desisten de hablar a la espera de que las ansias dejen de galopar en sus corazones y se alejen lo suficiente para devolverles un poquito de tranquilidad. Los comentarios triviales se hacen cargo del embarazo, hasta que el silencio acaba por instalarse definitivamente entre ellos.
Lu apoya la frente sobre la ventanilla y deja vagar sus pensamientos; una frase-mantra ?«pero lo peor todavía está por venir»?, escuchada una y mil veces en la radio como síntesis de la que se avecina el año próximo por la crisis financiera mundial, le ayuda a adormecer la conciencia. Lu vive y duerme rodeado de cosas-mantras; la última, una cancioncilla, que se le ha encasquillado en el cerebro, que brota espontáneamente, justo al acostarse algunas noches, desde hace unas pocas semanas, en la que la vocalista, una pesada con voz de adolescente, no para de hacer números sobre la cantidad de amor que le tiene reservado a su nuevo pichoncito.
Tse, por su parte, deslumbrado y aturdido por los haces de luz que le devuelven los coches con los que se cruzan, cierra los ojos y entra en duermevela.
Mo tamborilea inquieto sobre el pomo de la palanca del cambio de marcha y echa miradas rápidas sobre sus amigos, a los que invita a mirar un edificio, una fuente, el bullicio en las aceras. Lu, derrotado por la paliza del viaje, asiente mecánicamente a cada sugerencia, le devuelve algún comentario desganado, que intenta ser amable, y vuelve a lo suyo; Mo también vuelve a lo suyo, buscando y rebuscando algo que pueda interesarles para romper el hielo y rebajar la tensión.
Al llegar al hotel, bajan del coche, Mo saca las maletas, se despiden y quedan para el día siguiente. Lu y Tse recogen las maletas, observan cómo el coche, con Mo dentro, se incorpora al tráfico, entran al vestíbulo del hotel, se dirigen al mostrador de recepción, cruzan palabras vacías con el recepcionista ?un hombretón del tamaño de una catedral y voz aterciopelada?, entregan la reserva y muestran el D.N.I., recogen la llave electrónica y suben. Las moquetas y las maderas que recubren las paredes, el techo y el suelo del ascensor y los largos pasillos amortiguan los pensamientos y el sonido de las pisadas, restándoles volumen y brillo.
Ya en la habitación, se tiran sobre la cama sin abrir siquiera las maletas y meten la cabeza bajo el edredón para que las voces que recuerdan no se les amontonen en las orejas y les taladren el cerebro. Sólo escuchan en las sienes el golpeteo incesante de los latidos del corazón.
Lu, así agazapado, hace memoria y pregunta a Tse, que siempre va a su rebufo, desde cuándo no ve a Mo. Tse duda al pensarlo, porque no sabe si lo que ve de Mo se corresponde realmente con él. Lu mira a Tse con cara de no enterarse de nada; piensa que Mo, independientemente de que se muestre de frente, de perfil o bocabajo, dejando a oscuras la espalda, el otro perfil o la coronilla, siempre será Mo, todo-Mo. Por esto, las dudas de su amigo le parecen fuera de lugar.
Tse se ríe, como siempre que a Lu se le sube la nariz cuando frunce el ceño movido por los hilos de la sorpresa, y le explica que Mo, cuando le habla de sus cosas, se refiere siempre a un trocito de sí, o dolorido, o arrugado, o demasiado graso, nunca a todo él. Por esto cree que Mo se llama Mo y no, por ejemplo, Mourinho Peña Silverio Ruidobro. De llamarse así, piensa que es probable que nunca se hubieran conocido, porque no hay cosa que lleve peor que los nombres largos. Los nombres largos, dice, no hacen más que poner en evidencia la dificultad que tiene para recordar los nombres largos, y esto, a su edad, ya no está dispuesto a sufrirlo. Tse sabe que Lu, pase lo que pase, siempre será un nombre corto fácil de recordar. Por eso ama a su amigo, por eso y por otras muchas cosas, a pesar de que Lu le tome el pelo definiendo su amor como un simple ejercicio de pereza de un zángano funcional.
Después de un rato de decirse todas las tonterías que se les ocurren, largan el edredón al suelo, se levantan deprisa y corriendo y salen disparados al cuarto de baño para pisarle la vez al otro y ducharse primero... Bueno, sí y no, porque al final, tras desnudarse a toda pastilla, ceden a la cortesía y acaban por ducharse al mismo tiempo. Nada nuevo, por otra parte.
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Lu y Mo no se parecen en nada, piensa Tse.
Mo necesita de la etiqueta, del silencio y de la longitud de su nombre para hacerse notar. Lu, en cambio, no necesita nada para hacerse notar, porque no sabe estar de otro modo que no sea en primera línea de fuego, hablando por los codos y dibujando rayas sobre el cerebro del que lo escucha con el único afán de acentuar su propio contorno y darse relumbrón.
Tse, en cambio, no va de nada que no sea pasar discretamente por la vida. Pero no por ello se queda al margen ni deja de tener sus gustos y preferencias, a pesar de que Lu, con su habitual verborrea incontinente, no se lo ponga fácil. Pero él se las apaña bien y siempre consigue decirle lo que piensa, aunque sea después de que Lu se haya dormido. Entonces se despacha a gusto, incluso se propasa un pelín. Pero esto no se lo ha dicho nunca. Es un secreto que no le sienta nada mal.
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Tse ha nacido dos veces; la segunda, después de despertar a la vida tras permanecer en estado de sueño profundo durante diez años. Una extraña enfermedad, de la que nada lograron averiguar, sólo constatar sus terribles consecuencias, se lo llevó al limbo de los durmientes. Desde entonces tiene dos edades; al día de hoy: cuarenta y nueve y treinta y nueve años, y no respectivamente, sino simultáneamente. Lo primero que dijo al despertar, justo en el preciso momento en que estaban afeitándole, fue: «bu bu bu»?
?¡Impresionante!, Tse.
?¡Joder, Lu, eso no es verdad. De tanto decirlo se lo van a acabar creyendo ?se queja Tse.
?¡Uy, uy, uy! Pues no que ahora te va a preocupar lo que diga nadie ?le dice Lu?. Tú, que siempre has pasado de todos. ¡Venga ya!...
Lo que Lu no le dice a Tse es que al comenzar a hablar se atrancaba y que lo primero que dijo cuando ya cogió carrerilla fue: «bu bu bueno, ¿qué hora es?»
Dormir tanto ha supuesto para Tse una pérdida de tiempo que nada tiene que ver con el tiempo, ya que en ningún momento tuvo conciencia de los años transcurridos en el intervalo ni de acontecimiento alguno que le sirviera para hacer memoria: «y esto no es para tomárselo a broma ?dice a quien quiera escucharle?, que bastantes disgustos he pasado por estar metido en un cuerpo diez años más viejo que yo».
A Lu le enternece el querer y no poder en el que está enredado su amigo y los líos en que se mete por ello, que no son pocos. Pero él siempre ha estado ahí para sacarle de los atolladeros y embromarle, cosa que a Tse lo saca de quicio.
Una de las muchas cosas que no entiende Lu es por qué se le ocurren estas cosas cada vez que le enjabona la espalda a su amigo. Tal vez sea por el modo en que Tse se deja querer o por su piel, que parece enteramente la de un bebé.
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Mo, Lu y Tse hicieron piña hasta mediados del Bachillerato. Mo, Lu y los otros chicos de la pandilla permanecieron unidos durante años; Tse, en cambio, se apartó del grupo arrastrado por la enfermedad de la adolescencia ?así llamaba su padre al mal que padecía?. Lu fue el único que no dio importancia a los desplantes de Tse, a sus silencios, a su malhumor, manteniéndose siempre a su lado, sirviéndole de puente, hasta que logró reintegrarlo a la pandilla y hacer carrera de él.
Tse lo pasó muy, pero que muy, muy mal en su adolescencia, tanto, que rechazaría de plano la posibilidad, si fuera posible, de volver a aquellos años. La imagen que guarda de sí es la de un chico cerrado, oscuro, metido en su cabeza, en las feas historias que la rondaban; un chico, que odiaba a todo el mundo y maldecía a todas horas su mala suerte, al que nadie hacía caso, seguro que porque era un privilegiado de tomo y lomo, y eso no casa bien con el derecho a la queja. Por eso callaba, porque nadie le escuchaba. Pero lo único que lograba con su estúpido silencio era agrandar el odio que sentía hacia la vida. Menos mal que Lu fue paciente y se portó como sólo lo hace un amigo de verdad.
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Lo que ocurre entre Clo, otro amigo de la infancia, al que también ha invitado, y Mo es otro cantar. Las desavenencias entre ambos comenzaron desde el primer momento, cuando sólo eran ellos dos y Lu ?Tse, Ig y los demás se les unieron un poquito más tarde?. Clo se moría de los celos cuando estaban juntos, porque las ideas de Mo eran secundadas sin rechistar por Lu y viceversa, mientras que las suyas, o simplemente no las escuchaban o, si las escuchaban, las daban de lado sin más. Los dos, cuando la madre de uno de ellos, según fuera la casa en la que habían quedado para merendar, les reprendía, conmovida por el llanto desconsolado o las rabietas de Clo, respondían que no, que no era verdad, que Clo se quejaba de puro vicio, que era un plasta y un llorica y que ellos no le habían hecho nada, pero que nada, nada, nada. Así fue desde el principio y así siguió siendo, sin que cambiaran las cosas hasta mucho después, cuando lo que les unía se debía más a la inercia de la costumbre que a la amistad. Por eso piensa que lo suyo invitando a Clo no tiene nombre, además de ser inexplicable, como todas las cosas que no tienen nombre. Pero el sentido irracional tiene su propia lógica, por más que los sucesos sometidos a ella parezcan azarosos. Por esto ha dejado que la cosa siga su curso sin prestarle mayor atención.
Mo le explica a Lu que invitó a Clo sin pensárselo, llevado por un impulso irracional verdaderamente maníaco. Aunque ahora se arrepiente, sabe que de nada le sirve renegar, porque la suerte, se ponga como se ponga, la echó a rodar en el mismo instante en que tomó la decisión. Además, piensa, los impulsos nunca son gratuitos ni vienen solos.
Hace mucho, Clo decidió que se acabó cuando Mo le dijo un día que ya estaba bien. A partir de entonces dejaron de hablarse. Había tantos malentendidos entre ellos que acabaron por terminar para no seguir en lo mismo. Ninguno tomó realmente la decisión, pero los dos aprovecharon la primera oportunidad que les vino a la mano para aceptarla como algo inevitable. Desde aquel día, aunque aliviados por la franqueza, siguen igual: sin poder dejar de pensar el uno en el otro.
Es curioso: ninguno de los dos sabe a estas alturas por qué dejaron de hablarse, aunque saberlo o no parece haberles importado poco, porque tampoco han estado dispuestos a bajarse del burro? Al menos, nunca hasta hoy, pues lo de Mo ha supuesto un cambio apreciable, digno de consideración, que Clo ha reconocido aceptando la invitación.
Sin embargo, no ha ido a recogerlo. Será por la desconfianza que le inspira; será por esto, aunque Clo en ningún momento dio señales o mostró deseo alguno de que lo recibiera en la estación. De cualquier forma, ninguno de los dos quiere ni imaginar vérselas a solas con el otro atrapado dentro del coche en medio de un atasco, cosa más que probable en el tramo horario en el que está prevista la llegada del tren. Así que ambos se han hecho los olvidadizos: Mo, con la excusa de los flecos sueltos que quedan por resolver, si no quiere que el día de la fiesta se le eche encima con las cosas a medio preparar; Clo, olvidando enviarle un e-mail para confirmarle la hora de llegada de su tren.
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A veces, cuando sueña, su casa se le aparece a Mo como un hormiguero repleto de hileras de puntitos negros recorriendo a través del tiempo las escaleras y los pasillos que conducen del garaje, donde jugaba de niño a las escondidas con los otros chicos, al salón, al comedor, a la cocina, a la enorme alacena de la abuela repleta de olores, a los aseos y, ¡por fin!, a los dormitorios, al de papá y mamá ?cerrado? y al de las hermanitas ?abierto?, y de estos, de vuelta, a los aseos, a la cocina, al comedor, hasta llegar de nuevo al garaje, ocupado por un flamante Citroen rojo y una Vespa, ambos con embellecedores plateados que su padre frotaba y frotaba con una gamuza para sacarles todo el brillo que atesoraban.
Vive en la casa de sus padres. Nunca se casó y sólo salió del barrio, fuera de la ciudad, a otras ciudades más allá de las fronteras, en un par de ocasiones, forzado por la empresa donde trabaja.
Sus padres murieron unos tras otro apenas cumplieron los setenta: primero, mamá; luego, en cuestión de días, arrastrado por la tristeza, papá, y él se quedó con la casa, que heredó junto con una montaña de recuerdos emparedados.
Mo sueña mucho despierto, como ahora, y cuando esto le sucede suele despertar aturdido y con prisas y con un tic nervioso, que consiste en ordenarlo todo y ya. Hoy, por ejemplo, no ha parado, desde primera hora de la mañana, de revisar los preparativos, de recolocar y contar la cubertería, la vajilla, la cristalería; de comprobar la leña junto a la chimenea y la que queda en el trastero, por si acaso, el jabón en los cuartos de baños y las toallas limpias para las manos en el aseo; de revisar las cajas con los encargos de Ig: la base para los canapés, las bolsas de hojas para las ensaladas, las chacinas, los quesos? y las bebidas; de alisar el mantel para que no queden arrugas, de contar las servilletas y cambiarlas de sitio a otro, que nunca parece ser el adecuado, situado más a mano?
Va a cumplir 50 años. Para celebrarlo, ha preparado una fiesta. Van a ser doce invitados, amigos viejos y recientes, a los que quiere agasajar con el catering de su amigo Ig.
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«Lo de Ig es una suerte de tomo y lomo», se dice cada vez que piensa en la suerte que tiene. Contar con un cocinero de primera entre sus amigos no es moco de pavo.
Ig es un tipo curioso que ama la cocina pero no el trabajo. Lo de la cocina es algo que le debe al maltrecho corazón de su madre, que no puede imaginar a su hijo ejerciendo de chatarrero, como a él le gustaría, recogiendo cachivaches de los desguaces y de las cubetas para luego repararlos y venderlos como antiguallas.
Pero a Ig no le gusta hablar de sus cosas ni andarse por las ramas, por lo que insta a Mo a ir al grano y a ponerse a la tarea, dejando la otra conversación, la de su madre y sus cosas, a medias, para determinar platos, cantidad y precio, porque la amistad es lo primero y ha pensado, para su bien, algunas ideas que quiere comentarle.
El menú no es nada del otro mundo, pero exquisito: unos entrantes, ensaladas ?una tropical, otra con aromas del bosque y una tercera con ligero sabor a mar?; de primero, arroz marinado, o arroz con pato ?según prefieran?, y de segundo, a elegir, carne ?medallón de solomillo a la brasa?o pescado ?Dorada o Corvina a la espalda o a la sal?. Del postre no le habla; es una sorpresa.
Está claro que Mo invitó a Ig por su doble condición de amigo y cocinero. Además, en casa dispone de espacio y de un juego de hornillas profesional con un tiro perfecto para despejar el aire de humos y evitar, de paso, que la ropa se impregne de olores.
Ig aceptó de mil amores, porque sí, «porque cocinar para los amigos es una manera muy agradable de regalarles un poquito de felicidad», le dice a Mo cuando Mo pone reparos porque le cuesta admitir sin más su gesto de generosidad.
Las razones que se cuenta Ig para hablar como habla de su profesión no acaban de convencer a Mo, sobre todo vistos los resultados: cocina de primera y una pasión desbordante por lo que hace que lo desmienten. Pero, en fin?
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La mañana de su cumpleaños le ha traído el primer regalo: un día soleado, luminoso, cristalino, fresquito; nada que ver con el día de ayer: oscuro, gris, cargado de contaminación y frío.
Se levanta temprano, excitado, inquieto. Quiere que todo esté en perfecto estado de revista. La mañana la pasa colgado al teléfono hablando con Ig, que a eso de las doce desconecta el móvil para que deje de darle la lata, con la empresa de alquiler del menaje, con cuyo encargado tiene unas palabritas de más, con la chica de la floristería?, cuidando hasta el último detalle.
Entre unas cosas y otras, las horas de la mañana se le pasan volando, pero la tarde se le hace eterna y no hay nada que logre calmarlo, ni el libro que tiene entre manos ni la música ni el paseo que se obliga a dar tras el almuerzo, ni nada de nada.
Muchos de los invitados aprovechan hasta el último momento de la mañana para llamarle y ofrecerse para lo que haga falta. Mo les dice a todos que no, que ya está todo organizado, que los espera a la hora prevista, que se dejen de tonterías, que, de verdad, no hace falta que traigan nada?
Al final, como ocurre siempre, la hora prevista para la fiesta se le echa encima casi sin darse cuenta. Para más inri, algunos invitados llegan puntuales.
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Hacía sólo un ratito que llegó Clo; Lu y Tse le habían precedido. Ig era el único que había llegado temprano, a media tarde más o menos, para prepararlo todo con tiempo. «Los imprevistos de última hora no los soporto. Me dan mucha rabia. Me hacen sentir como si hubiera tirado el trabajo a la basura, porque siempre ocurren a última hora, cuando ya no se puede hacer nada, sólo un triste apaño», le comenta a Mo, ante la sorpresa que éste le muestra cuando le abre la puerta, para justificarse por llegar tan temprano.
Cuando Clo llama a la puerta, están los cuatro charlando animadamente en el jardín. Ni Lu ni Tse se dan cuenta de la inquietud de Mo hasta el instante en que suena el timbre. Ig aprovecha la ocasión que le brinda la confusión de sus amigos para dejarles y seguir con los preparativos. Mo se va a abrir.
Lu y Tse se miran extrañados por la reacción de Mo, que en su alocada carrera hacia la puerta no para de tropezar con los muebles, arrastrando a su paso, entre otras cosas, el mantel de la mesa grande y el centro que la adorna: una composición de flores secas, que se esparcen por el suelo al caer. ¡Menos mal que se le ocurrió sustituir el jarrón de cristal por otro de madera y que decidió montar la mesa a última hora!
Mo se queja de su mala sombra y maldice por el contratiempo. Lu se le acerca y le dice que vaya a abrir, que él se hace cargo del estropicio, que no se preocupe, que no es nada. Tse también se ofrece a recoger: a cuatro patas, reúne las hojas, las cañas, los cardos? y los coloca en el jarrón. A Tse le encanta la jardinería, pero no las naturalezas muertas, le ponen nervioso, y hace lo que puede con aquella; o sea, un churro. Tronchado por la risa, Lu le anima a dejarlo y rehace la composición. Después, colocan de nuevo el mantel y el jarrón sobre la mesa y se reúnen con los otros en la entrada.
Clo no ha venido solo, le acompañan Moisés y Esteban. Con ellos ha coincidido en la puerta. Clo permanece un paso más atrás que los otros. Mo los saluda efusivamente, recoge sus chaquetas y las coloca en el perchero. Cuando se acerca a Clo se siente turbado y tiene que hacer un esfuerzo para que el rubor no le asome a las mejillas. Clo guarda la compostura; también se siente ridículo. Saluda a Mo con ligereza y le pide, sin más preámbulos, que le muestre el cuarto de baño. Mo le devuelve el saludo sin ditirambos y lo conduce al aseo junto a la cocina. Al llegar a él, le abre la puerta, le cede el paso, carraspea y se larga después de que Clo se la cierre en sus narices de golpe.
Lu se queda pensando en las mejillas encendidas de Mo al encontrarse con Clo. A Tse tampoco le ha pasado desapercibido el detalle y mira a Lu, que le devuelve la mirada y una leve sonrisa cómplice.
Bien a resguardo, parapetado tras la puerta cerrada, Clo duda: no sabe si ha hecho bien aceptando la invitación, le dice a su imagen en el espejo. Pero ya es tarde para dar marcha atrás. Mientras piensa, repasa mecánicamente las cosas que hay sobre la repisa: un vaso con dos cepillos de dientes, un tubo de pasta dentífrica, un bote de colonia Hugo Boss, un ambientador, un peine, un cepillo para la ropa? ¡La toalla de mano es de hilo!, se lamenta al intentar secarse la cara con ella tras refrescarse. Las toallas de hilo le pueden. No entiende su utilidad, porque una vez que las usas, aunque sólo sea en una ocasión, pierden todo su encanto, todo su glamour, se envilecen... Se peina, se ajusta la camisa dentro del pantalón ?siempre le molestaron los pliegues que quedan en la camisa cuando la línea de los botones queda desviada respecto a la línea de la bragueta?, tensa el nudo de la corbata, lo sitúa milimétricamente entre los picos del cuello, se mira otra vez al espejo y sale, ahora un poquito más recompuesto.
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El grupo charla animadamente en el salón. Lu y Tse se los trajeron mientras Mo iba a la cocina a esconderse un poco. Tse quiere contárselo a Lu, pero Lu, que lo sabe, posa el dedo índice sobre los labios de Tse para decirle que se contenga, para indicarle que luego, que más tarde, que se espere, que no se impaciente, aunque las ganas de cuchichear sobre el asunto también le puedan y anhele encontrar un momentito para quedar a solas con él.
Mo necesita ordenar sus ideas para no enredarse y busca un ratito de soledad dentro de la alacena para pensar en cada detalle de lo sucedido. Los olores que impregnan las paredes de la alacena le traen recuerdos de la abuela; recuerdos que le hacen sentir bien. La abuela fue una mujer peculiar y fuerte como un roble, recuerda. Nunca lo dejó tirado, ni siquiera cuando lo expulsaron temporalmente de la escuela por mandar a Juanín al hospital. En aquella ocasión, padres y profesores se confabularon contra él. Y se lo hubieran merendado de buena gana si la abuela no llega a intervenir con determinación. Los padres de los otros chicos, recuerda, lo tenían cercado en el portalón de entrada al colegio. Era mediodía. La abuela, a codazos, se abrió paso en el muro de brazos y piernas enlazados que lo rodeaban para sacarlo. Mientras salía con él de la mano, no paraba de maldecir sobre la bravuconería de aquellos meapilas, sin dirigirse a nadie en particular, pero dejando bien claro que de los presentes no se salvaba ni Dios, y se lo llevó a casa. Ni entonces ni después le pidió explicaciones sobre lo sucedido; tampoco se las pidió en las demás ocasiones en las que acudió a socorrerle.
El timbre de la puerta suena de nuevo. Acuclillado entre los estantes, Mo regresa del pasado a la penumbra de la alacena y azuza el oído para despejar las telarañas que lo envuelven. Una voz lejana lo reclama: «Moooo? Mooo, están llamando». A través de la puerta cerrada de la alacena, oye pasos en la cocina. Reconoce a Lu, que anda preguntándose por el paradero del sacacorchos. «Mo? Mooo?». De nuevo la misma voz, acompañada por otras buscándole, resuena en sus oídos. Cierra los ojos, dibuja mentalmente el recorrido de su nombre voceado por la geografía de la casa, se abraza las piernas con fuerza y aprieta los párpados para que no lo descubran. Los pasos en las proximidades de la cocina se multiplican, amplifican la inquietud que siente; el corazón le late en las orejas. Contiene la respiración, se pega un poquito más a la pared y calcula el número de policías que lo persiguen. Se sonríe. El número de voceadores aumenta. Para no soltar la carcajada, que le sube incontinente desde el vientre como una burbuja, se tapa la boca y la nariz con las manos. Cuando pasa, vuelve a concentrarse en las voces y las pisadas. En la cocina reconoce la de Lu, la de Esteban y? ¿la de Clo?, duda. Un ligero picor en la nariz le hace estornudar con fuerza, golpeándose la frente en la equina de uno de los estantes. En la cocina se hace el silencio. «¿Mo?, ¿Mo?»... La puerta de la alacena se abre lentamente desde el exterior, dibujando sobre el suelo, sucesivamente, primero un triángulo de luz, luego un trapecio, que se ensancha hasta disolverse en la luz exterior y vaciar la alacena de sombras. Lu y Esteban, al verlo acuclillado, rompen a reír. Mo también llora de la risa, a pesar del dolor. Cuando se calman, Mo le alarga un brazo a Lu para que le ayude a incorporarse. Lu acepta y lo levanta, pero antes de que se ponga completamente en pie amaga con soltarlo. Mo pierde el equilibrio pero recula a tiempo para no caer. Cuando recupera la verticalidad, se lanza sobre Lu y le suelta una ristra enorme de palabras mal sonantes, de golpes y empujones que los saca de la alacena. De nuevo en la cocina, después de tranquilizar a Mo, Lu le inspecciona la frente, hace pronósticos sobre el tamaño del chichón, que ya ve despuntar, envuelve unos cubitos de hielo en un trapo y se lo aplica con cuidado. Esteban recoge el pronóstico y propone una porra. Mo se niega a participar en la apuesta: no quiere ser juez y parte, argumenta. Las risotadas que despierta el pedante comentario se expanden por la cocina, reverberan en sus oídos y en sus estómagos. Los tres, embargados por una excitante sensación de euforia, hablan a la vez, pisándose unos a otros con anécdotas sacadas del baúl de los recuerdos sobre lo mucho que les gustaba jugar de pequeños a policías y ladrones y a las escondidas.
Junto al fregadero, Clo permanece mudo escuchando las carcajadas de los otros. Ninguno de los tres lo echa de menos cuando se marchan.
Clo también jugaba de pequeño a las escondidas, a pesar del miedo que le producía la oscuridad, pero nunca se lo contó a nadie, para evitar que le tomaran el pelo. Y ahora? «Ahora, si pudiera, cogería a los tres, los ataría y amordazaría? No, no, mejor les dejaría las manos y las bocas libres y los encerraría en una habitación oscura, bajo llave y sin provisiones, y se largaría, abandonándoles a su suerte para que se despedazaran entre ellos cuando el hambre les hiciera enloquecer», piensa encorajinado.
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A la fiesta se incorporan Tomás, Andrés, Estela, Carmen, Edu y Sofía, compañeros de Mo en el trabajo. Vienen con muchas ganas de divertirse y cargados de regalos. Están tan ansiosos que, nada más llegar, se lanzan a la carrera, empujándose unos a otros, para ser el primero en darle el regalo a Mo. Lu y Tse también se suman a la algarabía. Todos gritan, gesticulan, ríen como locos, tropiezan, pierden el equilibrio. Azuzados por la hilaridad, se sumergen encantados en el ovillo de brazos y piernas que trenzan con sus cuerpos al caer unos sobre otros. Mo, situado un poco más allá, mira con indiferencia lo que ocurre aquejado por la punzada de dolor, que se le ha extendido desde la sien derecha por toda la cabeza, llenándosela de ruidos estridentes y pensamientos sombríos.
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Avisado por el escándalo, Clo se acerca, aunque se queda a cierta distancia para no mezclarse en el ovillo: echa en falta el regalo que no le ha traído a Mo. Siempre le ocurre igual con los regalos: cuando toca darlos recuerda que no lo compró y entonces se lamenta.
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Empujado por la inercia del movimiento, una de las piernas de Mo está a punto de ser engullida por la bola informe. Pero Mo no tiene ganas de enredos y reacciona antes de que se lo trague entero. Recuperado el equilibrio, da vueltas alrededor teniendo mucho cuidado de no aproximarse demasiado, se apoya en lo que sobresale, busca algo, un cabo suelto, y tira; es un brazo, que arrastra tras de sí otro brazo, y otro y otro y otro y otro? sacando por turnos, ora el cuerpo de Esteban, ora el de Carmen, el de Edu, el de Tse?, hasta desmadejar por completo el ovillo.
Pero Mo no está para tonterías y se retira al sofá. La cabeza le duele mucho, le estalla en mil pedazos.
Sus amigos, entre empujoncitos, palmaditas, cosquillitas, comentarios, sudor, babas y mocos, jadean excitados, felices, completamente desarmados y dispuestos a repetir. De pie, en torno a Mo, se retuercen en movimientos espasmódicos, que se espacian según van recuperando la calma. Moisés se acuerda de pronto de su regalo y pregunta en voz alta por su paradero. Unos y otros responden a la pregunta echando un vistazo alrededor para localizar el suyo. El desorden en el salón es absoluto. Paquetes, bolsas, papeles de envolver arrancados a jirones cubren la mayor parte de su superficie. Después de un rato, cuando consiguen reunirlos, se acomodan en cualquier parte, en los sillones, sobre la alfombra, cada uno donde puede, y dedican la hora siguiente a comentar lo sucedido.
Ig, sin saber por qué, echa en falta a Clo y pregunta por él. Mo hacía un ratito que se fue; le dijo a Lu que iba al cuarto de baño a por una ampolla de Nolotil. Lu y Tse se van a buscarlo; los demás siguen charlando y riendo.
?Pobre Mo ?Le dice Tse a Lu?. Parecía tan contento?
Lu piensa igual. Le fastidia que un mal golpe le quite las ganas de fiesta. ?Lo mejor que ahora puede hacer Mo es dormir un ratito. Seguro que el silencio y la oscuridad lo dejan como nuevo. ?Lu rodea con sus brazos a Tse, lo consuela?. Anda, deja ya de preocuparte ?le dice para animarlo.
Esteban arrima unos troncos a la chimenea, hace un fondo con los papeles de envolver los regalos, trocea y distribuye sobre ellos un par de pastillas impregnadas de gasóleo, construye una estructura piramidal de astillas, adosa a ella los troncos y prende los filos de los papeles que asoman. En pocos minutos las llamas hacen crujir las astillas y lamen con sus lenguas multiformes la superficie de los troncos. La madera está muy seca. El fuego quema con avidez la corteza. Las llamas suben con virulencia por el tiro, llenan de fuego la boca de la chimenea. El calor que despide la pared refractaria enciende la piel de los que están más cerca obligándoles a retirarse con rapidez. La pila cede empujada por la violencia del fuego. Algunos troncos ruedan, salen al exterior y toman al asalto la alfombra blanca de pelo largo con forma de oso espanzurrado que hay al pie de la chimenea. El pánico se apodera del grupo cuando las llamas prenden en la alfombra. ?Agua, hay que traer agua ?grita Moisés, azuzado por los nervios. Esteban sale corriendo y trae un cubo lleno a rebosar que tira sin miramientos sobre los troncos encendidos.
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Mo regresa al cabo de tres cuarto de hora, aproximadamente. Tiene la mirada turbia. Silencioso, se acerca al grupo arrastrando los pies, ajeno al desastre provocado por el accidente. Todos enmudecen al verlo y se aprestan a hacerle un hueco movidos por la desazón que despierta en sus corazones y por el lamentable aspecto que ofrece la piel chamuscada del oso. Mo se sienta entre Carmen y Edu. Parece ensimismado, sumido en sus pensamientos. El silencio, salpicado por el crepitar de la crujiente madera, ocupa todos los lugares. Unos cuantos carraspean, piden agua y se pasan la jarra después de anestesiar con un buen trago helado el picor que les produce en la garganta el olor a chamusquina. Las toses se contagian. La jarra circula, se agota, la llenan, vuelve a circular y a agotarse; a circular y a agotarse? Moisés mete de nuevo los troncos en la chimenea y se incorpora sigilosamente al semicírculo de amigos: no quiere molestar. Las furtivas miradas que los unen se vuelcan hacia adentro. Después de un rato de vagar por la estela de sus pensamientos, Mo habla. A pesar de que al principio nadie parece mostrar el más mínimo interés por lo que dice, el sonido apagado de sus palabras penetra suave, insidiosamente por las orejitas, por los poros de la piel, por los palpitantes corazones. Su voz es monótona, grave: «Hace mucho tiempo, yo era feliz. Hace mucho tiempo, yo era? Y ahora está muerto. Yo no quería, aunque no sé, no sé si realmente quería o no. Muchas veces deseé acabar con él, pero eso no quiere decir nada? No, seguro que no, pero ya no hay vuelta atrás. Es terrible que lo que uno piensa se cumpla; sí, es terrible, y ahora sólo queda dar por terminado lo que una vez se cerró en falso».
¿Qué decir ante semejante declaración de humanidad? Un hombre solo, con la cabeza a punto de reventarle por el dolor, atiborrado de nolotiles, probablemente abotargado, enfrentado solo, extrañamente solo, a la muerte. Y ahora la muerte se la juega poniéndole rostro a su deseo de asesino precoz, haciendo que se cumpla su deseo más oscuro.
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El silencio, de nuevo; el silencio aplastando las ganas de reír, de divertirse, de gastarse bromas? ¿Por qué siempre esa bestia acaba adueñándose de la risa? Lu le pregunta a Mo cómo se encuentra. Él también ha tenido ganas de asesinar, y no a uno, sino a un tropel de imbéciles, pero esto es otra cosa. Instintivamente, Lu mira las manos de Mo. No ve en ellas rastro de sangre; sí, un ligero temblor, una señal? ¿de inquietud? Son las manos de Mo, piensa; no Mo. Mo no es así; sus manos puede que sí, puede que lo engañen, pero a Mo lo conoce desde siempre y sabe que nunca haría algo semejante? ¿Algo semejante? ¿Por qué le traicionan las palabras? ¿Qué ha pasado realmente?? «¡Eh!, Mo, ¿qué ha pasado?» grita para sí desde el fondo de su corazón.
Mo sonríe al ver la perplejidad y el espanto en los ojos de su amigo. ?¡Eh, eh!, ¿Qué ocurre? ?le pregunta?. Ni que estuvieras viendo a un fantasma ?le dice?. ¿Se puede saber qué mosca te ha picado? ?pregunta divertido ante la sucesión de gestos que Lu dibuja con las líneas de su cara.
?¿Dónde está Clo?, pregunta Lu.
?No sé ?responde Mo?. ¿Por qué supones que debo saberlo?
?No sé. Te vimos salir al poco de darnos cuenta de que no estaba y supuse? ?Lu duda, porque, en realidad, no sabe. Lo que sea que le hace ver a Mo de otra manera no sabe qué es, pero ese lo que sea no para de culpar a Mo del asesinato de Clo. Lo único que sabe, lo único que puede decir es lo que vio, y lo que vio no da para sostener lo que supone. Porque si es verdad que Clo y Mo estuvieron afuera un buen rato, del lugar al que se dirigió cada uno nada sabe. Sin embargo?
El grupo, entretanto, ha vuelto a la actividad alrededor del estómago y reclama más comida y algo para empaparla. Rápidamente se distribuyen las tareas. Todos se apuntan a traer algo, a vestir la mesita baja con mantelitos individuales, a?
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Mo y Lu flotan en la burbuja de sospechas y dudas que han sembrado entre los dos. A su alrededor, todo transcurre varias revoluciones más despacio, como si la atmósfera de la que respiran se hubiera espesado y no dejara a sus amigos moverse a sus anchas. Tal es el silencio que escuchan los dos, atentos únicamente al latido de sus pensamientos haciendo de las suyas.
«Lu, Lu, ¿dónde andas? No sé qué piensas que ha sucedido, pero te aseguro que si Clo está muerto, como sugieres, no he sido yo», piensa Mo. Mo mira a su amigo en silencio. Se siente tranquilo, a pesar de sus sospechas, y se pregunta por aquello que hace que un amigo incondicional se convierta de pronto en un enemigo en potencia. Si de alguien está seguro Mo es de Lu; «al menos, eso creía», piensa.
El tono de las últimas palabras de Mo sirven para que la pompa se rompa y Lu se reintegre a la actividad del grupo y se olvide un poco de Clo, de Mo y de lo que pueden cambiar las cosas en un abrir y cerrar de ojos. Sin embargo, algo dentro de su cabeza le dice que se ande con ojo.
Lu no dispone de argumentos, sólo de sospechas, y Mo no está dispuesto a darles pábilo, por eso le da palmaditas en la espalda y le anima a seguirles el juego.
A Mo no le gusta Lu cuando Lu frunce el ceño; eso siempre ha sido aviso de tormenta, lo sabe, y lo último que desea es que le fastidien la fiesta. Además, no entiende qué mosca le ha picado, ¡si hace un rato estaban hablando de sus cosas y riendo! Es verdad que se ha pasado un poco, reconoce, pero de ahí a tomarse a pie juntillas lo de Clo va un rato largo?
Pero Lu, por más que lo intenta, no puede. Así que se disculpa por lo bajini y se dispone a salir del salón. Dice que no se encuentra bien, que tiene ganas de vomitar, que siente mareos, que le duelen la cabeza, la lengua, la punta del pie, los riñones y las ganas de seguir de fiesta, que se va por donde vino, que? Antes de concluir, antes de que la ira se le dispare sin freno y le llene la boca de sapos y culebras, de rayos y truenos, una arcada incontenible le sube desde el estómago, dispuesta a escopetear con sus ácidos cuanto le rodea, y sale disparado, pero no le da tiempo y vomita a medio camino.
Mo no da crédito a lo que ve. ¡Sus paredes manchadas de pota; y el óleo que le regaló la abuelita Isabel, también! Mo lo quiere matar.
Tse quiere acompañar a Lu, pero Lu hace un gesto con la mano para decirle que no, que lo deje, que no se preocupe, y se mete en el aseo de la planta baja. Tse no le hace caso y se queda a pie de puerta a esperar a que salga, pero el tiempo pasa y Lu no da señales de vida. El tiempo sigue su camino y Tse, inquieto, espera. Hay algo que lo tiene escamado y no sabe, y se pregunta si el aseo tiene otra salida, si Lu se ha largado por la puerta de atrás o le está tomando el pelo? «¡Lu!», grita, golpea la puerta, pero Lu no responde. Lo único que Tse escucha es el silencio y el sonido rítmico, lejano, de gotitas de agua, una tras otra, rompiendo sobre el lavabo. «¡Lu!, quieres dejarte ya de tonterías. ¡Abre la puerta!... Lu, por favor, no me hagas esto. Sabes que no me gusta que me tomes el pelo? Lu, anda, abre?». El clic del pestillo suena. Lu abre la puerta y sale. ?Hola, Tse. ¿Qué haces ahí con esa cara de susto? Parece como si te hubieras cruzado con un muerto? ?Lu parece otro Lu. Transformado en una especie de demonio, le arden los ojos y la garganta. Tse, incrédulo, se queda mudo, incapaz de reconocer a Lu en la mirada despiadada que le devuelve, que lo maneja como un muñeco sosteniéndole en vilo y levantándolo del suelo hasta alturas de vértigo para lanzarlo luego contra el suelo y fulminarlo. Quiere decirle algo, pedirle explicaciones, gritarle que ¡ya está bien!, que se deje de tonterías, que, por favor, lo acaricie, le dé un beso, lo abrace como tantas veces antes, que? pero nada de eso sale de su boca. Lu, impávido, sigue sosteniéndole la mirada en silencio. Un par de lagrimones brotan de los ojos de Tse?. No te preocupes, Tse, no pasa nada. Anda, vete al salón y prepárame un gin tonic, que ahora voy yo ?le dice Lu con voz acariciante, engañosa, como delata su mirada sulfurosa. Sumido en el silencio al que le obliga Lu, Tse se da la vuelta y vuelve al salón?. No te preocupes ?insiste Lu?, no pasa nada. Ahora vuelvo ?Pero Tse sí se preocupa. Nada de lo último que está pasando le parece normal. Se siente como un niño chico metido en asuntos de mayores. Así, desconcertado y triste, muy triste, se incorpora al grupo.
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Lu también regresa, taciturno, media hora después de que lo hiciera Tse. Pide un poco de agua para calmar los ardores en la boca del estómago y la acidez en la garganta. Le escuecen los ojos y le pica mucho la nariz. Después de beber, se tira en el sofá cuan largo es. Tiene pequeñas manchitas de sangre en la mano izquierda. Tse no quiere ni mirarle.
Mo deja a un lado la copa de vino y escruta a Lu, que tiene los ojos como vacíos. Recela.
Lu mira al infinito. Un ligero temblor le recorre el cuerpo. Le sudan la frente y las manos.
Mo recuerda las palabras de Lu, la sospecha que dejaba traslucir en sus palabras, y se las devuelve mentalmente una a una. El rastro de sangre en sus manos no le deja pensar con serenidad, mucho menos recrearse en el placer que supuestamente debería producirle la venganza cumplida.
No quiere mirar a Lu directamente a los ojos. Le incomoda la trasparencia de sus pensamientos; le incomoda que Lu sepa, que Lu adivine, que se percate de su incomodidad, que se dé cuenta de que recela, de que trata de disimular lo que piensa: que sospecha de él. Las manos manchadas hablan por sí solas de todo eso y de muchas cosas más que no se atreve ni a pensar.
Si no fuera por el fuerte dolor que siente en una muela, casi se desmaya. Los rasguños de Lu en la muñeca, aunque poquito, sangran.
Lu está indignado. Nadie se da cuenta de que se desangra igual que los césares en las bañeras de la vieja Roma en las películas de Cinemascope. Mo tampoco se da cuenta de ese detalle. Cuando se percata, se levanta presuroso y se acerca. Pide que le traigan algo para curarle las heridas? Está desconsolado, avergonzado por haber sido tan mal pensado, por sospechar de Lu, por olvidarse de quién es su amigo? Él, que le conocía como nadie, que sabía de sus cosas mejor que nadie, del que siempre había recibido apoyo, comprensión, amistad, compañía... Eso había sido Lu: un tipo cojonudo, un cacho de pan. De pronto se da cuenta de que utiliza el pasado cuando piensa en Lu, de que utiliza la tercera persona del pretérito? ¿imperfecto, anterior simple?... Mo duda. No sabe la respuesta y eso le incomoda, le cabrea, y cuando se cabrea le da por tirarlo todo, por arremeter contra todo y contra todos, de enfurecerse hasta el paroxismo, de matar si es preciso, o matar sin darse cuenta.
Mientras Mo se enfada por su falta de tacto, Lu se pasea por la débil línea que separa la vida de la muerte, así de exagerado lo piensa. Ya no le quedan fuerzas para llamar la atención de los otros, para decirles que hagan algo, que no esperen a que Mo resuelva, que actúen y se dejen de cumplidos, que se olviden de Mo y lo salven de una puñetera vez de las garras de una muerte que adivina cada vez más contenta? «Mo, Mo, ya basta. Mo, por Dios, ¿quieres dejarlo ya? ¿Quieres hacer algo?», grita Lu dese el interior de la caverna de sus pensamientos, absolutamente humillado por la dilación de Mo y la desesperante pasividad de los demás, antes de desmayarse definitivamente.
Tse sigue sin saber qué hacer. No quiere que Lu se moleste. Sabe que cuando Lu se retira no soporta las interrupciones, ni siquiera si vienen de él, o, quizás, mucho menos si vienen de él? ¿Será eso, será que ya no lo quiere?
Entretanto, Mo, que por fin ha dejado de perorar, le aplica unos pañuelitos de papel sobre la herida. En pocos segundos, la sangre cuaja y deja de brillar.
Esteban observa a Mo y se sorprende al verle sudar como un cerdo? Bueno, como un cerdo no sabe, porque nunca ha visto sudar a los cerdos. Esteban cree que los cerdos no sudan? O sí. El caso es que Mo suda y jadea como un cerdo?
?¿Los cerdos jadean, hozan, berrean?? pregunta a Moisés.
?Creo que nones, que chillan de una forma que no se llama berrido? contesta Edu distraídamente.
El caso es que Mo suda y jadea, metida la cabeza entre los hombros, los antebrazos apoyados sobre las piernas y las manos colgando de ellos. Da un poco de lástima verlo así, precisamente el día de su cumpleaños, pero cuando se trata de tomarse las cosas a pecho, Mo no se anda con chiquitas.
De pronto, Mo se asusta mucho al recordar lo que ha visto mil veces en las pelis: que a los que están en tratos con la muerte no hay que dejarles dormir, hay que obligarles a caminar para que el sueño no se los lleve definitivamente del otro lado? Eso lo ha visto muchas veces y nunca supo el motivo por el que el sueño se convierte en estos casos en la rendija por la que se escapa la vida. Siempre le habían dicho que el sueño es reparador, nunca que fuera un antídoto contra el veneno de vivir. Así que, ni corto ni perezoso, con la ayuda de Moisés, lo levanta y comienza con él un largo peregrinar a cuatro bandas.
Edu, después de que Moisés y Mo tomen la decisión de marear la perdiz con el ruinoso estado en que ha quedado Lu y su consciencia, le pide a Carmen que le pase un muslo, de pollo, se supone, de los que hay en la bandeja grande, se supone, porque en ningún momento lo dice. Por eso, Carmen, que interpreta las señales de Edu como dicen las mujeres que los hombres interpretan sus señales, o sea, con la cabecita descerebrada, se levanta, se aproxima a Edu con paso sinuoso, se sienta sobre sus muslos, le muestra los suyos, le rodea el cuello con sus poderosos brazos, le lame la boca, se la muerde algo más que un poquitín y le chupa con sus mulliditos labios apretados y arrugaditos la gotita de sangre que aflora en los de Edu.
Edu no se entera de las intenciones de Carmen porque no es un hombre de mundo, sino un hombre seco que en su vida ha visto a una mujer utilizando sus armas de mujer de esta manera con el hombre que la encoña. A pesar del mordisquito, Edu nada de nada, como si lo de la sangre y esas cosas no fuera con él, como si las terminaciones de sus nervios se hubieran olvidado de alcanzarles los labios y llenárselos de sensibilidad.
Después de un rato de pasear por las puertas de la boca de Edu, Carmen desiste. Como ya sabe de qué van los que como Edu ejercen de tímidos, piensa que es una tontería empeñarse en sacar fuego de donde no hay rescoldo, y decide que a otra cosa mariposa cuando Edu, por puro instinto de supervivencia animal, la larga a freír espárragos.
Los demás, entretanto, cuentan a los demás sus batallitas de cuando eran jóvenes: tropelías y gamberradas más cercanas a la fantasía que a la realidad. Algunos, al no disponer de repertorio para contar, se inventan sus cuentos sin más compromiso con la verdad que desatenderla por completo?
Tse sigue en Babia, tan ocupado en su desasosiego que no se da cuenta del lamentable estado en que se encuentra Lu y de los desesperantes esfuerzos de Mo por sacarle un poquito de jugo a su desvalimiento.
Moisés y Mo no están para historietas. Los dos han visto que Edu no ha respondido a las cucamonas de Carmen y no quieren perder la oportunidad de montársela con ella, ahora que la suponen bien dispuesta. Así que, al unísono, sueltan a Lu y salen disparados a ver quién llega antes para tirarse el primero en los brazos de la encantadora de serpientes que adivinan en la adorable Carmen.
El cuerpo de Lu, desmadejado, vilmente abandonado a su suerte, cae a plomo sin que la bajona que lo amordaza ceda un poquito. A pesar de lo aparatoso del golpe, no reacciona. Sin embargo? El dolor es así de caprichoso, porque si de algo se duele Lu no es del mamporrazo que se ha dado ni de sus consecuencias, sino de la indiferencia de sus amigos, que no se dan cuenta de nada, pendientes nada más que de los jueguecitos que se traen Carmen, Mo y Moisés.
A Carmen, por supuesto, no le interesan ni Mo ni Moisés. Lo único que persigue, ahora que siente cómo los estrógenos se le meten por la nariz hasta calarle los huesos, es vencer la indiferencia de Edu, hacerle doblar las rodillas y someterlo a su entera voluntad. Su interés no es por amor sino por despecho. Y si para ello tiene que valerse de las ganas de Moisés y de Mo, pues ¡hala!
Para abrirles boca a los dos pedigüeños, se desabotona el botón de la camisa, el que flota justo sobre la superficie de la sima que forman sus dos hermosos pechos, y se inclina ante ellos con la excusa de coger algo para picar, mostrándoles lo orondos y mullidos que son. Mientras, pasea sus cuartos traseros ante las nariceas de Edu, que trata de apartarla para que los deje hablar, a Esteban y a él, de sus cosas.
Edu es un tipo especial. Fornido, cuadriculado, contundente, firme, lacónico, imperturbable, escrupuloso, fiel a sus ideas, poco o nada suspicaz y un poco lento para enterarse a su debido tiempo de lo que ocurre alrededor. Acude puntual a un night-club una vez por semana para aligerar la mala leche acumulada a lo largo de los seis días restantes. Allí frecuenta siempre a la misma. De ella no quiere saber ni el nombre, sólo si va limpia y está descontaminada. Por eso, las mirunguis del garito lo llaman Securata Macafi; también, Antivirus Esea.
Y ahora que anda en tratos con Esteban, Edu no está para muchas tonterías, que se está jugando los cuartos en una venta casi cerrada y no quiere perder la oportunidad.
Moisés y Mo entran al trapo creyendo que lo que les ofrece Carmen es lo que les muestra. Mientras, Lu trata de resolver el dilema en el que está. El desmayo se le ha pasado y el escenario, su escenario, hace rato que desapareció por falta de público; sin embargo, no quiere dar su brazo a torcer. Pero nadie le echa cuenta, y así no le vale.
Carmen mira con el rabillo del ojo a Edu. Lu mira a Moisés; Moisés mira alternativamente a los pechos de Carmen y a Mo. Edu y Esteban cierran el trato estrechándose las manos, apartan a Carmen para hacerse con una botella y lo celebran con un brindis. Carmen se siente nuevamente despechada por el desdén con que la trata Edu y arremete contra Moisés, al que le propina un soberano tortazo. Moisés cae sobre la mesa, que actúa de palanca, lanzando al aire lo que hay sobre ella: bandejas, vasos, platos, botellas...
Las risotadas brotan como la mala hierba, arrastrando con ellas a Lu, que se incorpora al grupo atraído por la orgía de abrazos y babas.
Al ver el rostro de Lu desencajado por la risa, Mo se sorprende, porque minutos antes lo había dado por moribundo.
El único que sigue sin dar señales de vida es Clo? Clo, Andrés y Estela. «Es verdad, hace mucho que a Estela y Andrés no se les ve el pelo» murmura Mo. «Ni a Clo», piensa Lu.
Carmen, cansada de la estupidez de sus amigos, tan machitos cuando le dan a la lengua como cobardes cuando lo tienen a huevo, se ajusta la falda, se abrocha el fatídico botón y sale, dice que al jardín a refrigerar un poco la caldera del corazón. Antes de salir busca algo que le sirva para prender el cigarrillo, pero en la sala no hay manera de dar con un mechero, así que se larga a la cocina a ver qué encuentra? Moisés se ríe cuando Carmen le cuenta lo caro que se ha puesto encender un pitillo y la invita a volver al salón a meter las narices en la boca de la chimenea, ?verás que no es para tanto?, le dice. Carmen se sonroja al percatarse de su pérdida de control. No quiere ni pensar en lo que estaría pensando Moisés sobre ella en ese instante, así que? ?¡Capullos!?, grita entre dientes, y se larga a por una brasa.
Mo sugiere a sus amigos que vayan a cenar. Ig le comenta que ya es hora, que una buena cena ha de disponer de tiempo sobrado para que los platos no se agolpen en el paladar ni se atropellen en el estómago. Él los ha visto de excelente confección perder el plus de calidad por haber sido servidos fuera de tiempo.
Rápidamente se organiza la recogida. Algunos se dirigen a la mesa para ver qué falta y luego tiran para la cocina.
Clo, Andrés y Estela siguen desaparecidos. Ig da una voz apremiando al resto a avisar a los ausentes. No quiere comenzar a presentar platos sin que estén todos.
Moisés recuenta mentalmente los que son, repasa los que a ciencia cierta sabe que están y se ofrece a ir a buscar a los otros. Al cabo de un rato vuelve solo. Dice que no los ha visto, que los ha buscado por todas partes. Supone que han debido marcharse porque ha registrado todos los rincones de la casa sin éxito. ?Esto es de locos, Mo. ¡Por Dios!, ¿cuántas puertas secretas hay en la casa?...
Mientras Moisés se queja, Mo recibe un SMS. Atónito, lo lee repetidamente, aunque las dos o tres últimas, más que leerlo, lo sobrevuela. Mezcladas con las letras, imágenes viejas, recuerdos de tiempos hace mucho olvidados, aparecen como flashes, destellos de luz que le nublan la vista y el entendimiento. Todo ocurre en décimas de segundos, aunque a él le parecen centésimas, incluso milésimas de segundo: toda una eternidad. De pronto descubre que la eternidad puede que sea eso: una milésima de segundo interminable, o un error de cálculo. Fuera como fuese, la espiral de los acontecimientos ha empezado a trazar su trayectoria. «Nada extraño ?piensa?, si se tienen en cuenta las estructuras elementales de la naturaleza».
El mensajito da para pensar. Quien se haya molestado en embromarle sabe y, al parecer, está dispuesto a usarlo? ¿Un chantaje? ¿Será eso lo que le propone? Mo se emociona, se siente como los protas de las pelis: Mo, perseguido por un psicópata; Mo, solo frente al peligro; Mo, enfrentado a una bestia sanguinaria dispuesta a descuartizarlo. «¡Joder! ?exclama? ¿Y si le devuelve el mensaje invertido?: madurito discreto necesita psicópata para montarse una sesión sado sin retorno posible». De pronto, cae en la cuenta, descubre en los chascarrillos que trasluce el mensajito a su autor, el poli más poli de todos los polis... Un superman. «Uhmmm, interesante ?se solaza?. Será cosa de esperar y ver».
Ig, desde la cocina, vuelve a pedir ayuda. Necesita unas cuantas manos para llevar a la mesa las ensaladas, las fuentes, las salseras..., pero en esta ocasión nadie, excepto Moisés, responde a la llamada. Mo, entre tanto, permanece de pie presidiendo la mesa vacía mientras le da vueltas al numerito del psicópata. No ha oído a Ig ni ha visto salir a sus amigos. Tiene los ojos vacíos y una sonrisa heboide en la boca que le resbala por las comisuras de los labios.
Moisés regresa. Le pregunta a Mo que qué tal, que cómo lo lleva, pero Mo no responde. Está ido.
Los minutos pasan. Moisés, cansado de la escenita out de Mo, vuelve a la cocina. En un pis pas, reaparece. Parece conmocionado. En el ínterin, Mo ha recuperado el hilo de las cosas. Sigue doliéndole la cabeza, pero menos que antes.
?Deberías ir a ver ?le aconseja Moisés?. En la cocina no hay nadie ?le dice.
?¿A dónde han podido ir? ?pregunta Mo?. ¿Has mirado en las habitaciones?
?En todas, no sé. No conozco la casa ?responde Moisés lacónicamente?, pero me da que no están. El silencio que hay me pone los pelos de punta. Mo, ¿tú sabes algo?
Extrañado por la inquietante pregunta de su amigo, Mo, apesadumbrado, niega con la cabeza. ?¿Quieres que vayamos a ver? ?responde.
?El único que está es Ig. Le he preguntado pero no sabe. Tiene la cabeza tan metida en las ollas que no se entera de nada. Lo único que hace es protestar.
El móvil avisa de la entrada de un nuevo mensaje. Mo se lo muestra a Moisés. Presiente que algo desconocido está a punto de entrar en su vida para volvérsela del revés.
El silencio se instala entre los dos: tic tac tic tac tic tac? Moisés no sabe dónde ponerse. Sentado en el sofá, Mo observa cómo le tiembla la pierna derecha; si le presta atención, el temblor cede; si no, no, observa distraído? Tic tac tic tac tic tac? Las manecillas del reloj giran sobre la esfera arrastrando los pies. Cada segundo, tic, el segundero golpea la placa, tac, con su delgado bastón, tic, de fina hojalata, tac tac tac.
Después de ciento veinte vueltas mal contadas, tic tac tic tac, un fuerte y fugaz chorro de luz procedente del exterior golpea a Moisés en los ojos. Un frenazo seco, acompañado por un prolongado pitido de claxon, corta la ráfaga.
?¿qué ocurre? ?pregunta Mo.
Moisés no responde. El golpe lo ha dejado ciego. Sólo distingue sombras y bultos entre líneas difuminadas de luz. Mo se acerca a ver. De un coche aparcado frente a la casa ve salir a parte de sus amigos. Están borrachos como cubas.
Ig, que también ha escuchado el frenazo, sale corriendo a abrir para ver qué es. Está un poco molesto porque nadie le ayuda y los platos se le van a echar a perder.
Los de afuera arremeten contra la puerta en el preciso instante en que Ig la abre, por lo que entran a trompicones y caen, desparramándose a todo lo largo y ancho del recibidor.
Harto de las chiquillerías de sus amigos, Ig los agrupa y se los lleva directo a la cocina. Ig no sólo es un hombre serio y responsable, sino el único allí que está por y para algo.
Ahora sí, con todos dentro, la casa, de nuevo, recupera el pulso de la fiesta... ¿Con todos dentro? Moisés hace recuento de los que son para cuadrar el número de comensales.
?¿Alguien ha visto a Clo? ?pregunta a voz en grito. Como no obtiene respuesta, decide contar con él. Se aproxima a Mo y se lo dice.
?¿Trece? ?Visiblemente nervioso, Mo pregunta a unos y a otros por el paradero de Clo. Nadie lo ha visto. «No puede ser ?se dice?, si los conté varias veces y siempre me salían doce». Mo elabora una nueva lista, se traga el marrón como puede y ruega a los dioses para que Clo siga missing?
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Por la puerta de la cocina aparece una comitiva formada por los que Ig pudo reclutar de entre los que estaban más potables. El olor que les acompaña promete. Los demás se van incorporando a la mesa y alaban la maestría de Ig.
Ig quiere pero no puede. A ninguno le preocupa el lugar asignado para cada uno, sentándose en la silla que le viene más a mano. La semana que él tardó en pensarlo y resolverlo, inventando mil algoritmos para establecer una razón que justificara un orden coherente en la mesa, los demás se lo han desbaratado en un momento. Pero los contratiempos precedentes no aconsejan más dilaciones, so pena de que los platos reinventados pierdan la calidad recuperada.
La mesa se llena de colores. Sobrevuelan sobre ella hilos humeantes de olor, ondulantes serpientes aladas que envuelven sus cuerpos y entran por los orificios de sus narices arrancándoles suspiros de placer y palabritas amables que los une en comunión.
Clo también los siente dentro de él y, aunque no para de salivar, no les hace ni caso. Apostado tras una de las columnas del salón, de espaldas al grupo, entorna los ojos y rumia en silencio los pensamientos que adivina en Mo. Clo sí sabe. Conoce a Mo demasiado bien. Lleva muchos años dándole vueltas a la cabeza como para no conocer cada uno de sus pensamientos, de sus chascarrillos y deslices habituales. Hace mucho que no se veían, pero ningún día, en los muchos años que han estado separados, ha dejado de pensar en él y de bichear en Internet para seguir sus pasos. Se doctoró en Informática y Telecomunicaciones y se hizo hacker con el único fin de meterse en la piel de Mo, y después de tantos años, se lo sabe al dedillo.
Mo presiente algo. ¿Qué será? Mira en dirección a la columna. ¿Estará allí Clo? ¿Estará allí apostado, escondido, al acecho, a la espera de una oportunidad?... ¿Será eso lo que tanto le inquieta?... Con los párpados entornados, repasa la lista mirando por el rabillo del ojo a los que están, uno a uno: Ig, Esteban, Moisés?. Lu, Tse? Al llegar a Ig, no sabe. ¿Comenzó a contar por él o por Tse? Ante la duda, comienza a contarlos de nuevo mentalmente, pero siempre tropieza con la misma pregunta: ¿por dónde empezó, por éste o por aquel? Tiene los nervios a flor de piel y el deseo inconfesable de que no aparezca Clo.
Desde su escondrijo, Clo espera a que Mo se confíe y se relaje. Sentado en el suelo, con la espalda apoyada en la columna, disfruta anticipadamente del triunfo que imagina. Nunca pensó que fuera tan fácil. Sólo tiene que sentarse a la mesa con los demás y esperar. Él tampoco se había dado cuenta del detalle, pero Moisés, con su manía de contarlo todo, le dio la clave. Así que, ni corto ni perezoso, sale de su escondrijo y se dirige al grupo para ocupar el sitio que queda libre en la mesa. Al llegar a ella, la rodea, comenta cosas con unos y otros sin quitarle ojo a Mo, retira la silla vacía con parsimonia, se sienta, coge la servilleta, la desdobla y?
Todo ocurre como si la cámara registradora de imágenes funcionara al ritmo que imprime Bill Viola a sus cuadros, o Alfred Hitchcok a sus películas. Mo, expectante, escucha los latidos de su corazón en el cartílago de las orejas. Tiene que pensar. No puede dejarse arrastrar por el pánico. Tiene que hacer algo, tiene que hacerlo y ya, antes de que Clo consuma el desastre y los arrastre a todos.
Esteban, de pronto, se levanta; le ha dado un apretón. Mo, al verlo precipitarse hacia el pasillo, suelta una carcajada. No había previsto esta posibilidad y encontrarse con ella ha sido un regalo inesperado; el mejor, piensa, sobre todo después de ver la ira en los ojos de Clo, que se las prometía felices y se regodeaba por ello. Ahora sabía cómo hacer para librarse de la encerrona de Clo.
Visiblemente alterado, Clo hace un esfuerzo grande de contención, se levanta y reclama a los asistentes un poco de atención. Tiene que decirles una cosa, pero nadie le hace caso. Siguen con sus comentarios, con sus risas y bromas. Entonces, golpea con el puño el tablero de la mesa y grita desaforado. No está dispuesto a que vuelvan a dejarle en ridículo. Los quiere a todos sentados a la mesa y ¡ya!
?¡Uy, uy!, mirad al chicarrón sacando huevos ?dice Carmen, visiblemente excitada por el gesto bravucón de Clo?. Quién se iba a imaginar que detrás de tan poquita cosa hubiera un volcán dormido a la espera de su oportunidad para hacernos temblar de ira y de quien sabe qué más? Vamos, chiquitín, demuéstranos de qué eres capaz, di?
?¡Ya basta. Os quiero a todos sentados, aquí!... ¿Dónde está Mo? Que alguien vaya a por él. Tú, Moisés, ve tú, que no me fio de esta golfa.
?¿Te refieres a mí, guapetón? Anda, ven, deja que te alegre el corazoncito. Seguro que te?
?¿Por qué quieres que lo traiga, eh? ¿Qué mosca te ha picado, Clo? ?le pregunta Moisés
?Es verdad, tienes razón. Déjalo. No me hagas caso. Ha sido una tontería por mi parte, Nunca debí aceptar su invitación?
?Ya vale, Clo ?le dice Moisés mientras le da palmaditas en la espalda para desencasquillar el tambor de disculpas de su verborrea deprimente.
?Tú sabes que no nos llevamos bien? Cuando me llegó su invitación pensé que las cosas... Pero ya ves. Lo digo porque siempre lo tuve presente en la cabeza, día y noche. Al principio creí que era por puro odio, pero con el paso de los años me di cuenta de que no podía ser así, que no se puede odiar tan apasionadamente si no es por despecho?
Mo, apoyado sobre el quicio de una de las esquinas del pasillo que dan paso al salón, visiblemente conmocionado por lo que oye, reconoce en las palabras de Clo los mismos sentimientos que le han perseguido a él. Repasa su vida, los amores frustrados sin explicación, y repara en el enorme espacio que ha ocupado Clo en su cabeza? Sigilosamente, vuelve a la cocina y se encierra en la alacena. De nuevo, como tantas otras veces, «demasiadas», se dice, quiere estar solo, apartado del mundo.
Antes de cerrar la puerta tras de sí, una fuerza contraria se lo impide. Mo deja de tirar sin volver la vista y se deja llevar por el empujoncito que recibe. Sumido en la oscuridad, se vuelve despacito dejándose impregnar por el áspero perfume de su captor y se abraza a él?
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Carmen llora desconsoladamente. Le embarga la emoción y un poquito la culpa. Se acerca a Clo, lo abraza y le pide perdón por lo aviesa que ha sido. A cada espasmo, a cada golpe de llanto, se agarra más fuerte a él, se aprieta contra él, se?
?¡Ya basta!? Clo forcejea con Carmen, que está pegada a él como un chicle. Forcejea con rabia, hasta que logra soltarse, pero ya es demasiado tarde: tiene las hombreras y la chaqueta llenas de babas y de mocos y el cuello de la camisa embadurnado de negro Rímel y rojo carmín.
Clo detesta a las mujeres como Carmen; eso siempre lo supo, pero nunca tanto como ahora.
El grupo, mientras, permanece en silencio. Resulta extraño verlos recogidos, cada cual en su propia capilla, rezando a dios sabe qué dios, mientras el poder desengrasante de Fairi, que solícitamente le ha traído Edu de la cocina, repara el estropicio que ha causado Carmen en la casulla inmaculada de Clo.
Ig vuelve a reunirlos. Los llama; se dirige a ellos y los trae a la mesa. Todos se dejan llevar dócilmente, domeñados por la atmósfera de cándidos sentimientos que rezuma el ambiente? Esperan sumisos la llegada de Mo, incluido Clo, que juega con la servilleta haciéndola pasar por el aro de plata del servilletero.
?Aparte de Mo, ¿quién más falta? ?pregunta Ig.
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Lu y Tse, después de un rato de espera, se acercan a la cocina, se sientan en el suelo al pie de la puerta de la alacena y esperan alguna señal de su amigo. ?Ahora es a Mo a quien le toca salir del armario? quiero decir, de la alacena ?le dice Lu a Tse.
Tse, conmovido por la dulzura de su amigo, lo abraza y le susurra al oído melosas palabras de amor. ?¿Te acuerdas? Tú llevabas un pantalón ancho de cuadros escoceses, de eso me acuerdo bien, y unos tirantes anchos, forrados de seda, con los colores de la bandera española? ¡Ah!, y el torso desnudo. ¡Menudos pectorales lucías! ?se relame de gusto?. Ibas monísimo; un poco hortera, pero monísimo.
Lu sonríe y se apretuja contra el cuerpo de Tse. ?De lo que yo me acuerdo es de que tú ibas en bolas ?se ríe.
?Eso no es verdad. Ese día quedamos en el Retiro, ¿no te acuerdas? ?Lu y Tse discuten, mientras se hacen cosquillas, sobre la pinta de cada cual el día de marras. Abrazados, ruedan por el suelo, sus cuerpos resistiéndose, dándose empellones, porque cuando uno quiere zafarse del abrazo, el otro no lo deja, y cuando el que se niega cede, el otro cambia de actitud y se resiste. Así, ruedan a un lado y a otro entre las patas de la gran mesa situada en el centro.
Mo escucha; empieza a estar hasta la coronilla de las estúpidas demostraciones de sus amigos, que no le dejan conectar con el recuerdo de su abuelita sin alterar con sus interferencias la línea que le une a ella. ?La verdad, chicos, dais un poco de asco. ¿Queréis dejarlo ya? ?les dice, verdaderamente azorado, mientras abre la puerta lo suficiente para salir y ocultar al tortolito que lo arrullaba en su interior.
Si hay algo que Mo no soporta es la visión de dos palomos en celo dándose arrumacos sin miramientos, sin tener en cuenta que la sensibilidad no siempre está dispuesta para visionar pelis hots servidas sin previo aviso ni censura. Eso es lo que estaba acostumbrado a decirse, por eso, nada más verlos, comenzó a largarles las misma desagradable cantinela de siempre. Pero todo fue empezar y sentir que las cosas ya no eran como antes, que la excitación, que durante toda la vida había atribuido al cabreo, había cambiado de dueño, transformándose en una alegría incontenible, que no hacía más que aumentar al ver a sus amigos, tan tiernos e inocentes, rodar a sus pies y bajo la mesa.
Lu y Tse detienen el rodillo y se miran atónitos después de contemplar perplejos los dos lagrimones que cuelgan de los párpados de Mo. Una sonora carcajada brota de sus entrañas como agua de mayo sobre la campiña. Se besan largo y profundo, invitan a Mo a unirse a ellos, se levantan y, bien agarraditos, salen de la cocina, ellos tras los pasos de Mo, para reunirse con los demás.
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La cosa podía haber sido mucho peor, pero la pericia de Ig ha logrado salvar lo que parecía una debacle insoluble. Con paciencia de cirujano, ha sacado de las ensaladeras las hojas que habían languidecido para sustituirlas por otras nuevas, sobre todo las de lechuga, ya que la rúcula y la espinaca habían aguantado bastante bien el retraso.
Lo ocurrido a las chacinas ha ido un poco peor, porque la mayoría ya estaba sudada.
Ig se resigna. Como los bomberos ante una catástrofe incendiaria, apaga lo que puede con lo que tiene, procurando no alarmar a Mo ni disgustar a los otros. «Este es el arte del buen cocinero ?piensa?, sacar el mejor provecho en las peores circunstancias sin que se note demasiado».
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?Bueno, ya estamos de nuevo reunidos ?Mo hace recuento de los que están. Sentados a la mesa, son once contando con él. Los dos que faltan, Esteban e Ig, permanecen de pie a su lado?. Como os iba diciendo? ?Mo desdobla un par de cuartillas que ha sacado del bolsillo de la chaqueta, se ajusta las gafas de cerca y comienza a leer lo que parece un discurso en toda regla?. Quiero comenzar por agradeceros vuestra presencia ?las miradas circulan, rebotan de ojo en ojo, como las pelotas de ping pong al ser golpeadas por las palas, presagian lo peor?. Me consta que algunos habéis tenido que hacer un gran esfuerzo para acompañarme hoy. Os lo agradezco de todo corazón, de verdad. Hace mucho que no veo a la mayoría. Quitando a los nuevos, mis compañeros de trabajo, los demás me conocéis casi desde parvulario, hace de eso la pila de años? ¿Cuarenta y seis?? ¿Son cuarenta y seis o cuarenta y siete? A algunos, incluso, un poquitín más. A ver Lu, échame una mano. A ti, a Tse y a Clo os conozco desde la guarde. Teníamos año y medio, chispa arriba, chispa abajo. ¿No es cierto? ?Lu asiente?. Estuvimos juntos hasta la Universidad. Ahí cada cual tomó su camino. Algunos os seguisteis viendo, me consta; otros, como yo, no; simplemente, nos largamos. ?Mientras Mo habla ?bla bla bla, bla bla bla, bla bla bla?, hay quien cabecea. Los que están medio sobaos, al perder el equilibrio, dan un respingo y hacen como que no ha pasado nada, pero ceden rápidamente y vuelven a dejarse llevar por el sopor. Quieren disimular, pero el runrún de la cantinela melancoide de Mo los empuja al sueño. En el silencio solemne de la escucha, también se oye algún que otro ronquido. Mo, absorto en sus propias palabras, no se da cuenta de cómo caen uno a uno. Alguno, incluso, queda cataléptico, como Esteban ?y eso que está de pie?, o entra directamente en coma?. Me fui ?continúa?, sí, pero nunca del todo. Siempre hubo alguna llamada de teléfono, algún encargo profesional, alguna felicitación por Pascua, algún «¿has visto quién sale hoy en la prensa?»? ?hace memoria de la presencia de Tse en la boda del presidente regional del PP. Las fotos le habían favorecido mucho al sacarle su lado más Hollywood? El corazoncito siempre haciendo recuento de los afectos pasados y presentes, siempre reclamando un poquito más, un plus de satisfacción ante tantas expectativas frustradas ?A esta altura de su discurso, despiertos, despiertos, apenas quedan dos: Carmen, que sigue embelesada mirando a Clo transformado, y Clo, que escucha con arrobo no disimulado al anfitrión; los demás, o han dejado caer la cabeza sobre el hombro del de al lado, o han resbalado de la silla y duermen cuan largos son en el suelo bajo la mesa?. Bla bla bla, bla bla bla, bla bla bla? Bien, aquí concluyo ?Mo pliega las cuartillas, se abraza a Esteban, luego a Ig con lágrimas en los ojos y anima a sus amigos a hincar el diente.
Clo no puede dejar de mirar a Mo. Aunque se debate entre la sorpresa y la desconfianza, siente que la áspera soga que los unía en el recuerdo se ha convertido en un delicado pañuelo de seda teñido de dulces promesas.
Lu y Tse miran con curiosidad a Clo y a Mo y hacen cábalas. Quieren enredar un poquitín para liarles y proponen jugar al cuarto oscuro. Moisés responde a los guiños de Lu y baja las persianas.
A Mo le parece una idea descabellada. Clo opina igual, pero a los demás, sin excepción, les parece una propuesta brillante. Es verdad que el voto de Mo, por ser de calidad, vale más, pero eso no sirve cuando la desproporción de intenciones se decanta tanto de un lado, así que?
Sin más preámbulos, alguien baja el interruptor general del cuadro eléctrico. Los aparatos se detienen. La nevera, antes de enmudecer, tiembla un poco y tose convulsivamente: gloc, gloc, brrmm? gloc. Ig se acuerda del postre helado y protesta, pero nadie le hace caso. El juego ha comenzado. La casa queda a oscuras y extrañamente silenciosa.
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Todo son carreras en busca del mejor escondrijo. Nada se ve. Los nervios, los gritos, los encontronazos, las disputas por el mismo sitio: «mío» «tuyo» «mío» «tuyo», se suceden. ?Voy, ya voy. A ver, ¿dónde estás? ?, canturrea el que la queda.
?Pero, ¿quién la queda? ?pregunta Carmen.
El silencio se impone; sin embargo, se intuyen en el vacío que lo mece el deseo contenido de algunos de escapar, de chillar, de volver a la luz. De vez en cuando se oye una carrera, un grito, una risa nerviosa que pretende demostrar arrojo, algunos cuchicheos. ?¡Aquí, aquí! ?se oye
Las respiraciones enmudecen. Sólo se oye el lento caminar de unos pies ligeros embutidos en unos zapatos con suela de goma.
?¡Aquí, aquí! ?se oye a la misma voz?. ¡Aquí, aquí! ? insiste.
?¿Dónde? ?le contesta la voz sobre pies de goma?. ¿Dónde? ?repite.
Los carraspeos para desorientar al que la queda se suceden y multiplican, desatan los nervios atenazados descongestionando los pulmones comprimidos y liberando en algunos los esfínteres. La densa atmósfera se espesa, el mal olor la hace un pelín irrespirable. Algunos gritan a los guarros que son unos guarros mientras que otros aprovechan la confusión para salir del suyo hacia un escondrijo mejor. De vez en cuando se oye un crujido preciso seguido de un golpe seco, pesado, como de algo cayendo a plomo.
Los corazones percuten con intensidad, laten en los cartílagos, en las sienes, en el dedo gordo de algunos pies. Las voces resurgen reclamando aliados para paliar la inquietud. Sólo ceden si les responde el silencio; al tropezar con otras voces, engordan, aumentan de volumen, se envalentonan.
El tiempo parece una bola de gelatina y el aire chicle. Las gargantas tienen que abrirse a tope para aspirar el aire preso en sus burbujas. El esfuerzo para extraerlo es extenuante, provocando algún que otro amago de desmayo.
Alguien se acerca al cuadro de luces y levanta el conmutador. La luz vuelve, entra en los ojos, los ciega; sin embargo, se agradece. «Todos los vicios son hijos de la oscuridad, por eso hay que dejar siempre una rendija de luz; para distraerlos, dicen», piensa Mo.
Esteban pregunta, a nadie en particular, si alguien sabe algo del felino con almohadillas sobre suaves muelles que los perseguía. ?¿Quién la quedaba? ?insiste ante el desconocimiento de los otros.
Nadie sabe nada, sólo recuerdan que al apagarse la luz alguien asumió el papelón y todos lo dieron por hecho, incluida Carmen, que fue la única que preguntó.
Esteban lo recuerda muy bien ahora que se lo dicen. ?Es verdad.
Carmen se suma rápidamente al interés de Esteban e insiste en la misma pregunta. ?¿Cómo que nadie lo sabe? ?grita horrorizada al tropezar con uno de los cuerpos caídos y darse cuenta de que no se mueve. En el suelo hay otros cuatro.
Nadie dice nada sobre lo que muestran los ojos.
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No, nadie dice nada, nadie sabe nada, hasta el instante en que Carmen lanza un grito desgarrador, de esos inolvidables, eléctrico. Entonces, todos se percatan, pero poco más. Están tan fuera de escena que les parece ridículo lo que ven; a eso, sólo a eso les alcanza su espíritu crítico.
Cinco cuerpos desparramados. Eso es lo que hay, aunque ninguno lo quiera ver, excepto Carmen. Aunque lo de Carmen no es para tenerlo en cuenta, porque, sea lo que sea lo que ocurra, siempre reacciona parecido.
Pero esta vez es distinto. Carmen se siente realmente aturdida, sobrepasada por el espectáculo dantesco que ofrecen las figuras de aquellos cuerpos anudados sobre sí mismos.
Edu permanece en la parte de atrás del grupo. A pesar de que la escena le levantaría el estómago al más pintado, no puede dejar de pensar en los réditos que espera del trato que acaba de cerrar. ?Como comprenderás, yo también soy humano, demasiado tal vez, por eso pienso??le dice al que pilla a su lado. Después dirá que se trataba de Esteban, pero que no pondría la mano en el fuego.
Una voz en off comienza a emitir una cantinela suave e insistente: «gatita, gatita, ¿qué has hecho?, ¿dónde estás?»? Procede de arriba, de detrás de la cortina que cubre la ventana al final del pasillo. Parece un disco rayado; sólo le falta el chisporroteo granulado de fondo para que lo sea de verdad.
La suave voz enlatada los reúne al pie de la escalera. Se mueven bien juntitos, como los pececitos en el mar. Comienzan a subir despacio, azuzando el oído para dictaminar la procedencia de la voz y, de paso, para paliar la parálisis y el miedo.
?Viene del pasillo.
?¿Del pasillo?
?Creo que sí.
?Sí, sí, del fondo, donde la ventana.
Todos afirman con la cabeza.
Sobre el poyete de la ventana hay un compact. Bajo él sobresale el pico de lo que parece un papel doblado. Mo lo desdobla. Lee. El mensaje es corto: dos líneas. Lo dobla y se lo guarda. Nada en su rostro deja traslucir el contenido.
Las hojas de la ventana están abiertas de par en par. Mo examina el pretil. Observa la huella de una suela de zapato grabada sobre él. La examina detalladamente. «Parece el zapato de un hombre», murmura para sí. La suela es de goma y con el dibujo bien marcado. ?Un zapato nuevo, sí, eso es ?mira la suela?, no parece desgastada. ¿Lo ves, ves el dibujo? Es igualito por todos lados y bien definido ?le dice a Lu, que está a su lado mirando atentamente la huella?. Junto a ella, a su derecha, el borde exterior del pretil, ennegrecido, sugiere que quien saltó lo hizo tomando impulso con el pie derecho.
?Así que tenemos un varón, probablemente diestro y joven.
?¿Joven?
?Bueno, también ha podido ser alguien entrenado. Fijaros el salto que dio. Por la distancia, parece que el que fuera tomó impulso, y eso habla de alguien, como mínimo, vigoroso, ¿no? ?Dice Mo en tono doctoral mientras se mesa la barbilla y deja que su mirada vague más allá de lo que le rodea, adoptando así un aire interesante, diríase que pedante a más no poder?. Y ágil, extremadamente ágil. La huella que dejó sobre el césped es muy recortada y liviana.
?Tal vez hablamos de una persona joven, ágil, temeraria y? ?resume Tse.
?¿Podría ser alguien muy delgado?
Mo repasa mentalmente la fisonomía de sus amigos, sus edades y habilidades. Después, se detiene en los zapatos de cada uno a la espera de encontrar una brizna de césped o un pegote de barro? Ninguno de sus invitados responde al tipo descrito por las pruebas. Todos quedan descartados, de momento. Mo hace recuento de los que están: faltan dos.
?¿Ig y Andrés? ?sugiere Tse.
?¿Estás seguro? ?le dice Lu mientras los busca entre los demás. ?¿Alguien los ha visto? ?pregunta.
?Las cosas se han puesto muy feas ?murmura Mo?. Cinco muertos, cinco muertos delante de nuestras narices y nadie sabe nada? ¿O no?
?¿Qué hacemos ahora? ?pregunta Esteban conteniendo la risa.
?¿Propones algo? ?le responde Lu.
?Llamemos a la policía ?sugieren desde el fondo.
?Y al 061, ¿os parece? ?comenta Carmen asustada.
Esteban no puede contenerse más y suelta una sonora carcajada. Los demás, excepto Carmen y algún otro, lo secundan.
Mo no entiende nada. Irritado, grita a sus amigos para que dejen de reír y se comporten. ¡Son cinco muertos, cinco! ¿De qué se ríen? Esteban le invita a bajar. Por las escaleras le cuenta que todo ha sido una broma, que, por cierto, les ha salido que ni pintada. El coro de amigos se mofa de Mo, le da palmaditas en la espalda, se ríe de su inocencia. Carmen, por fin, ríe con ganas, más bien se desternilla de la risa, hasta que estalla en un llanto incontenible que le brota como los géiseres. ?¡Sois una pandilla de estúpidos, de niños malcriados, de gilipollas!
Esteban le cuenta a Mo cómo los caracterizaron para que parecieran de verdad. El caso es que el fogonazo de luz ayudó a acentuar la impresión de espanto en los cuerpos retorcidos.
«¿Cuándo lo hicisteis? No recuerdo que nadie saliera antes de comenzar el jueguecito», piensa Mo en voz alta.
?Por cierto, lo del toque contorsionista fue un puntazo ?le comenta Carmen a Lu?, ¿no te lo parece, Mo? ?Carmen abraza a Mo, lo besuquea, le coge los cachetes, se los pellizca ?¡Uff!, menudo susto. ¿Verdad, Mo?
?¿Y cuando los maquillasteis? ?pregunta Mo intrigado?. Que yo recuerde, de la mesa pasamos a jugar directamente.
?Estabas tan metido en tu charleta melancoide que no te enteraste de nada. Antes de que nos mataras a todos de aburrimiento, nos fuimos unos pocos al cuarto de baño y allí los preparamos. No ha sido un trabajo perfecto, pero mola.
Al llegar abajo, Esteban se dirige a sus amigos muertos y los invita a levantarse, pero ninguno dice nada. Insiste. Como no responden, se acerca a sus cuerpos y los zarandea; siguen inermes. Los que están contorsionados se desmadejan tras el primer zarandeo, escapando del resorte que los comprime, y se abren de par en par. Mo lo mira con mirada de interrogación; una mirada que, tras un ligero parpadeo, cae a plomo desde el agujero del punto hasta la rotonda de abajo, para salir, después de girar de derecha a izquierda, por donde empieza la pregunta. Pero en esta ocasión, no hay pregunta.
En el suelo, alrededor de cada uno de ellos, hilos de un lindo rojo brillante tienden sus tentáculos hacia otros hilos sanguinolentos, con los que se encuentran y se funden, formando una red de pequeños charquitos, conectados por finos canales, cuya tensión superficial se acrecienta a medida que se acartonan.
?Siempre me pareció una imagen de ensueño. La vi en una peli japonesa de esas en las que no ocurre nada, la imagen de un mosquito, sostenido su cuerpo sobre sus finas patitas muelles, moviéndose sobre la superficie del agua como si se moviere sobre una lámina flexible de goma. Cuando recuerdo esta secuencia, pienso si Jesús no sería también un mosquito ?le dice Lu a Tse.
?¿Ah, sí? Pues a mí lo que me parece es que la hemos jodido de mala manera. Ojalá fueran mosquitos de verdad y no sacos de vísceras humanas fuera de juego para siempre.
?La sangre. ¿Habéis visto la sangre? Antes de subir no estaba ahí, ¿verdad que no?
La sorpresa los deja mudos. Están desconcertados. Lo que sea que está ocurriendo se les ha ido de las manos. Nadie grita, nadie hace un gesto de más, nadie reacciona, nadie se mueve?
?Cuando los dejamos estaban vivitos ?comenta Esteban?; vivitos y coleando, ¿verdad? ?pide confirmación? Pero nadie responde, nadie dice nada.
Mo quiere que se reúnan en el salón. ?Las cosas están muy feas ?repite?. Cinco muertos, cinco muertos delante de sus narices y nadie sabe nada.
?Pero si estaban vivos, si cuando los dejamos nos despedimos hasta luego como si nada. Ha tenido que ser después. Alguien ha debido de entrar furtivamente para liarla luego?
?¿Quién? ?pregunta Mo mosca. Mo desconfía. Quiere hablar, quiere que alguien le explique qué está pasando, quiere que le digan que todo sigue siendo una broma pesada, un mal sueño.
Poco a poco llegan al salón los que faltan, se sientan donde pueden alrededor de Mo. El silencio encuentra muchos aliados. Nadie, excepto Mo, habla.
La rabia le dispara a Mo las neuronas de la verborrea esquizo. Una ristra imparable de disparates sale de su boca. Habla como los dementes: mucho y sin sentido. Por todos lados comienza a ver señales de la tragedia; ahora, porque ya se ha consumado; ayer, porque se veía venir.
Tse le comenta a Lu que está pensando en llamar a los loqueros y le pide a Esteban que busque algo para calmarlo: un somnífero, un calmante o, ?mejor todavía ?le sugiere?, mételo en el baño y dale una ducha de agua fría. Eso le hará bien. Seguro que el shock lo saca del marasmo y recupera la lucidez? «Aunque para lo que hay ?piensa?, mejor hace perdiéndose donde está».
?Habría que llamar a la poli.
Clo se sienta junto a Mo. Tiembla de arriba abajo. La cabeza le da vueltas. Cuando vino, ?¡maldita sea!?, se queja; cuando vino sabía lo que sentía. No le gustaba, verdad, verdad, pero sabía, sabía algunas cosas y sus porqués. Y ahora está aquí, junto a Mo, esperando a que los muertos dejen de hacer tonterías y despierten de una puñetera vez del sueño y los saque a ellos del suyo para decirles que todo ha sido una broma de mal gusto, que se van por donde vinieron, que nos dejan para que disfrutemos de un final de fiesta en paz.
Clo mira a Mo, que no para de gritar, de balbucir, de babear y escupir palabras por doquier. Quienes están a su lado le piden un poco de calma, no por lo que dice, sino porque los está poniendo de saliva hasta las cejas. «¡Un asco!, se mire como se mire». Esteban limpia los cristales de sus gafas y piensa que la pena no tiene que ser motivo exculpatorio para nadie, y Mo no tendría que ser la excepción, a pesar de la lástima que da verlo así; él, que se las prometía felices el día de su cumpleaños, «pues, ¡toma!».
Clo le pasa el brazo por los hombros y lo abraza. Mo se deja querer y apoya la cabeza sobre su pecho. Un sueño suave se apodera de su espíritu y le cierra los ojos. Los demás agradecen a Clo el éxito de su intentona. Ahora ya no corren peligro de morir ahogados en la saliva de Mo.
?¿Alguien ha llamado a la poli? ?pregunta Andrés, que ha aparecido como por arte de magia?, porque yo me tengo que ir. He quedado y se me hace tarde.
?¡De aquí no se mueve ni Dios! ?grita Mo iracundo, que reacciona como si la mala leche acumulada, aireada por Andrés con su desafortunado comentario, hubiera actuado de antídoto contra la incoherencia y el sueño y le hubiera hecho tomar de nuevo las riendas de la situación?. ¡Que a nadie se le ocurra largarse o le echo la poli encima en menos que canta un gallo! ?les dice en tono firme, seco, severo, incontestable, a todos a la vez y a ninguno en particular. Pero el antídoto que le ha inoculado Andrés dura poco?
Suena un móvil. Todos reaccionan, miran el suyo, miran a los otros. ?Es el de Mo ?dice Moisés. Moisés alarga el brazo, mete la mano en el bolsillo de la chaqueta de Mo y se lo pasa? El tiempo se detiene. El silencio se impone. Sólo se escucha una voz lejana, enlatada; una voz que no se da prisa para decir lo que tiene que decir. Todos la escuchan con atención. Aunque apenas logran entender algo de lo que habla, coinciden en el tono de amenaza que transmite.
Las pulsaciones que emite el teléfono ?bip bip bip bip? avisan del fin de la llamada. Mo deja caer el móvil. Está paralizado de pies a cabeza. Moisés recuerda lo que le dijo sobre el mensaje que acababa de recibir cuando se quedaron a solas; bueno, no en lo que le dijo, sino en su expresión y en la salida golfa que se le ocurrió, eso de la escena psicopatona, y recoge el teléfono del suelo, entra en la carpeta de los mensajes recibidos, hace cálculos sobre la hora en que debió llegarle y lo recupera. Lo que ve escrito le suena. Tiene la impresión de haberlo escuchado no hace mucho, tal vez, incluso, esta misma mañana? ¡o fue por la tarde mientras jugaban?? ¡Claro!, fue esta misma tarde. Lee: Gatita, gatita, ¿qué te va a hacer tu gatita?, ¿qué le vas a hacer? ¿Dónde quedamos? No, no era así exactamente lo que decía el CD. Lo que decía la voz era: «gatita, gatita, ¿qué has hecho?, ¿dónde estás?»? Sí, eso era. Primero lo previene y luego lo ejecuta. ¡Dios!, ¿con qué clase de energúmenos te relacionas, Mo?
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La poli llega. Moisés se hace cargo. En la oficina, es la mano derecha de Mo, su secretario para lo que mande. En realidad, son compañeros, pero Moisés lo adora y nunca le importó hacerse cargo de las cosas de Mo, aunque eso supusiera doblar su carga de trabajo. El amor es así, sobre todo el amor secreto, guardado en secreto a los ojos del amado; amor inmaculado? ?Hola. Pasen, pasen. Yo soy Moisés, amigo de Mo, el dueño de la casa ?les dice a los polis.
?¿Ha sido usted el que ha llamado? ?pregunta el inspector.
?No exactamente.
El inspector frunce el ceño. «Ya empezamos», piensa.
?¿Fue o no fue usted?
?Sí, sí, fui yo el que le dijo?, ahora no me acuerdo a quien, que llamara.
?¿Me puede indicar dónde??
?Ahí mismo ?le indica?. Son cinco.
?¿Sabe si ha entrado o salido alguien de la casa después del suceso?
?Creo que no, inspector, aunque no sé, la verdad. Ha sido tan fuerte el impacto que no he prestado atención a lo que hacían los demás.
El inspector entra y se dirige al lugar donde están los cadáveres.
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Moisés repite mentalmente: «Gatita, gatita, ¿qué te va a hacer tu gatito?, ¿qué le vas a hacer? ¿Dónde quedamos? No, no era así exactamente lo que decía. Lo que decía era: gatita, gatita, ¿qué has hecho?, ¿dónde estás?? ¿A quién se refiere el mensaje?... No, no puede ser, no puede? ¿Mo convertido en una gatita jugando con su gatito a perseguir ratones? ¿Quién eres Mo, de qué vas, a qué este jueguecito deliroide?»? Una mano cálida se posa sobre su hombro izquierdo. ?¿Te importa pasarme el teléfono? ?la voz es firme pero cálida.
Moisés reconoce en aquella mano a su compañero Mo.
?No tienes de qué preocuparte. Siempre igual, nunca cambiarás. ¡Ay, Moisés! Dame el móvil y déjame hacer. Ahora me toca a mí.
?Sí, pero ¿y el inspector?
?No te preocupes, es un buen amigo. Todo va a salir muy bien, no nos molestará demasiado.
Moisés siente una gota de sudor desprenderse de la nuca y recorrer el cauce de su columna.
?Así me gusta, chico.
¿Chico?.. Moisés asiente despacio con la cabeza.
?Ahora, a trabajar. Hay mucho que hacer. Lo primero es lo primero, coger al canalla que me ha jodido la fiesta; después, ya se verá.
?Sí, claro, lo que tú digas, Mo? ¿Ya te encuentras mejor?
Mo sonríe.
Moisés hace memoria y se duele.
?¿Te pasa algo? ?pregunta Mo.
El inspector se acerca. Coge una silla y se sienta al lado de Moisés. ?Me voy, os dejo ?les dice Mo.
?Bueno, bueno? Así que usted es Moisés. Mo me ha hablado mucho de usted, y bien, no se vaya a creer ?el inspector le da unas palmaditas en la espalda?. Verá, lo que ha ocurrido aquí es extraordinario. Cinco cadáveres y nadie ha visto nada. Parece como si todos se hubieran puesto de acuerdo. Tengo muchos años de servicio a mis espaldas y nunca había pasado por nada igual. De todas formas, sé que las cosas siempre acaban dando la cara, y este caso, por muy extravagante que parezca, no va a ser diferente ?Moisés va y viene de las palabras del inspector a los recuerdos. Mo siempre fue para él como un padre. Con él se sentía seguro. Es verdad que a veces se las hizo pasar canutas, como cuando le obligó a permanecer en el cuarto de baño mientras se lo beneficiaba el gigantón de la empresa de al lado. Recuerda la mirada de Mo clavada en sus ojos, atravesándole las ideas, acompañada por su fuerte y entrecortada respiración; recuerda el placer que le produjo ver a su amigo gozar de aquella bestia; recuerda? ?¿Y usted, usted ha visto algo, o tampoco sabe nada sobre lo ocurrido? ?Moisés está a punto de llorar. Un dolor insoportable acompaña a cada una de las escenas que rememora. Las palabras del inspector, ahora, se la sudan?. Le digo que si sabe algo ?insiste el inspector.
?No, nada. Yo no he visto ni oído nada, sólo los golpes secos de los cuerpos al caer y un crujido, como de huesos reventados, ahora lo sé bien, justo antes. Ni una queja, ni una voz de socorro, nada que pudiera hacer sospechar algo sobre lo que estaba sucediendo. La verdad es que la primera vez sentí escalofríos, pero pasó, y las siguientes ni me cosqué? O no? Espere. Cuando los dejamos en el suelo no sólo respiraban sino que se lo estaban pasando pipa preparando el escenario.
El inspector guarda silencio. Algo parecido a eso le habían contado los demás, la misma versión cantada de formas apenas diferentes, como si se hubieran puesto de acuerdo para ocultar la verdadera naturaleza de los hechos.
?Bien. Sólo me queda hacer un careo antes de lanzar los dados al aire. Me gustaría saber dónde estaba usted en el momento de los asesinatos y cómo lo hizo para pasar desapercibido ?el inspector palmea los muslitos de Moisés mientras le suelta su perorata desafiante?. Bueno, bueno, no pasa nada, ya verá como el culpable da la cara.
El inspector se levanta y da las órdenes pertinentes para reunir al grupo en el salón. Hace recuento de los que son. Falta Ig, que está en el cuarto de baño ?¡Que alguien vaya a buscarle! ?grita.
Mo parece otro. El dolor de cabeza se le ha ido y los desvaríos han desaparecido del repertorio de sus comentarios. Lleva un terno nuevo, se ha lavado la cara y peinado como a él le gusta, con el pelo engominado, bien tirante hacia atrás, formando un rompiente de remolinos a la altura de la nuca. Se mueve con buen ánimo, respondiendo diligentemente a las demandas del inspector. Los polis están apostados alrededor del grupo. Tienen pinta de matones de barrio: fornidos, marcando paquete y músculos con sus ajustados pantalones y camisas. De sus cintos cuelgan, a un lado, porras de cuero, largas, de las que usa la poli montada para reventar las manifestaciones, y un juego de esposas; del otro, unos pistolones de cañón largo niquelado.
El inspector se acerca a Mo y le susurra algo al oído. A Mo se le va abriendo la sonrisa a medida que lo escucha, y asiente. Luego sale del salón. La casa, de pronto, queda a oscuras.
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El grupo permanece en su sitio. Nadie se atreve a moverse de donde está; algunos, incluso, contienen la respiración para no hacer ruido, para no hacerse notar. El silencio se adueña de la situación, transforma el escenario. El paso del tiempo alivia la oscuridad absoluta, la tinta de grises, dejando que emerjan de la negrura informe siluetas de cuerpos, de brazos, de cabezas, como si fuesen de cera. La pálida luna se esconde tras una nube. Las estrellas han desaparecido. Ningún destello permite distinguir el cielo de este frío infierno de cartón piedra. Del piso de arriba llega el chisporroteo de una grabación que no arranca, un sonido roto e insistente parecido al que produce la aguja del tocadiscos al deslizarse por el valle de un surco que ha perdido su conexión con la espiral del vinilo. Nadie sabe de qué va el guión de esta historia; tampoco, si es real o un mal sueño del que tendrían que despertar para encontrarse en sus camas, metiditos en el sobre, rodeados de sus cosas, con las prisas pegadas a los ojos como legañas, renegando de lo que toca porque lo que toca es renegar y levantarse pitando para sacar a los niños del sueño, prepararles el desayuno, meterles prisa, para que aceleren, y llevarles de la mano al cole, como cada lunes todos los lunes.
La luz vuelve, rompe la quietud, aligera la presión sanguínea. Carmen se levanta, tiene la vejiga a punto y las ganas dispuestas a darles gusto. Sale.
El tiempo se lo toma con tranquilidad, no tiene prisa. Mo aparece. Quiere hablarles. Tiene un aspecto magnífico: trajeado, repeinado, parece más guapo, más joven. Además, la seguridad que destilan sus gestos, sus andares, su discurso pausado, el timbre profundo y claro de la voz, los gemelos, el pisacorbata, el brillo de los zapatos, la familiaridad con la que trata al inspector, les hacen aparecer ante todos dueño de sí, confiado, amo y señor de la escena y de quienes participan en ella, incluidos los polis.
Carmen regresa. Se ha tomado su tiempo; demasiado, a juzgar por la impaciencia de Mo, que quiere que estén todos presentes. Parece contenta y aliviada. Antes de colocarse, busca con la mirada a Edu. Lo necesita, necesita estar cerca del halo de estrógenos que despide su cuerpo fornido de hombre hombre, a pesar de haberla despechado recién. Edu se hace a un lado, le hace un hueco junto a él, le larga una medio sonrisa, breve pero suficiente para que se sienta acogida, y pasa a desatenderla para ocuparse de sus pensamientos. Carmen aspira con fruición el aire previamente filtrado por la piel de Edu. Su olor, un pelín ácido, la pone. No lo puede evitar, es mujer y nada dispuesta a renegar de su naturaleza. Además, Dios la regaló bien, dotándola con una caja de herramientas femeninas de primera.
Edu no es que no la tenga en cuenta. Lo que ocurre es que le ponen muy nervioso los secuestros, y entonces mira a uno y otro lado y medio sonríe al que le devuelve la mirada. No se trata de un acto de generosidad o de reconocimiento, no, no es eso. Sin embargo, en esta ocasión, la presencia a su lado de Carmen lo reconforta, le hace sentir bien. Es más que curioso que en momentos así, cuando se siente acorralado, se convierta en un cachorrito, dejando de lado al león que parece, y busque refugio, si es entre los pliegues de una falda propicia, mejor, y la de Carmen lo es, porque la falda de Carmen, una mini que se ajusta como una media, es de lo mejor para mentes poco imaginativas, y Edu, si carece de algo, es de imaginación.
A Carmen le sienta bien la cobardía de Edu. Quiere jugar con ella, a ver si logra envalentonarlo y sacar de sus adentros al hombre que le supone. Pero esta vez se lo piensa mejor y planea un cambio de estrategia, aunque, dada la situación, decide esperar. «¡Uy, uy, uy! ¿A dónde voy?», se dice, después de volver de golpe a la realidad y percatarse de lo tonta que es. Bueno, tonta, tonta, no sería la expresión; tal vez, apasionada en exceso y alocada, olvidadiza, idealista, crédula y demasiado sensible a las cosas que atañen al corazón.
Moisés echa en falta a alguien. Hace recuento de los que están, los suma a los que se han ido y no le salen las cuentas. Le falta uno, pero no da con quién. Siendo tan pocos, parece ridículo, pero así es. Desesperado, decide consultar a Mo, que le responde con unas palmaditas en la espalda.
?Moisés el contable ?le dice?. Siempre haciendo números. ¿Sabes?, nunca te lo dije, pero me pone nervioso la precisión de los números contables, la cuenta de resultados donde todo cuadra. Odio el cero coma cero cero obligado de final de año, las tres últimas semanas tratando de llegar a él, buscando caminos imposibles en el laberinto contable para plantarlo al final del tablero.
Moisés mira a Mo con tristeza, a este Mo que no reconoce, un Mo rencoroso capaz de todo, sereno e imprevisible, y se acuerda del golpe que se dio en la alacena. ?¿Te duele la cabeza? ?le pregunta.
Mo se toca el chichón y hace un gesto de dolor. Sí le duele, le dice, pero apenas. Moisés le coge la cara con las manos e inspecciona el moratón. «Lo estábamos pasando tan bien», le dice en sus pensamientos, mirando sus ojos, mientras le sopla el chichón para refrescárselo. ?Se te pasará ?le dice.
?Sí. No ha sido nada. Un mal golpe, eso es todo ?Mo palmea los muslitos de Moisés y da por acabada la conversación. «Ya está bien de ñoñerías, pequeño Moisés. Ha llegado el momento de jugar de verdad», piensa con el sabor del triunfo tanto tiempo esperado llenándole de azúcar la boca y la incipiente caries del tercer molar del lado izquierdo de la mandíbula superior, presente desde hace unos días. «Ya verás qué fin de fiesta tan guay os he preparado. Seguro que te va a gustar, seguro que no lo olvidas nunca», insiste en sus pensamientos mientras juega con los cachetes de Moisés. Moisés se queja: «Me haces daño, Mo». Mo sonríe, le besa la frente, se levanta y se larga.
Un par de polis se acerca, se dirige a Moisés. ?El inspector te espera. Acompáñanos.
Moisés mira a Mo, la espalda de Mo, que ya no le echa cuenta. No entiende nada. «¿Quién eres, en quién te has convertido?», piensa amargamente. Los polis, entretanto, lo agarran por la sobaquera, lo levantan y se lo llevan a rastras. La enorme cantidad de pensamientos agolpados en la cabeza de Moisés multiplica el peso de su masa corporal. Los polis resoplan, a pesar de lo cachas que están, bromean:
?¿Qué coño te has desayunado hoy? ?le dice uno de ellos ?Moisés guarda silencio. Le importan un carajo los polis y sus comentarios soeces.
?¿Y si lo llevamos a la letrina para que descargue? ?propone uno. Moisés conecta de inmediato con las pretensiones de aquellos chulos de tres al cuarto y siente el estómago deshacérsele. Los polis detectan el mal olor y lo sueltan. Se tapan la nariz, resoplan, hacen aspavientos, le dicen asqueroso, guarro, cerdo, mal nacido, y lo meten en el aseo de un empellón para que se limpie el culo. ?¿Tienes una cerilla? ?le pregunta un poli al otro.
?¿Para qué la quieres?
?Para matar este olor de mierda.
?No, no tengo.
?¡joder!
_____

?Seis muertos son muchos muertos para que nadie se diera cuenta de lo que estaba ocurriendo ?comenta el inspector nada más entrar Moisés en la salita donde se ha instalado.
?¿Cómo dice? ?Moisés sigue pensando en la conversación con Mo, en los negros pensamientos que no se han dicho ?disculpe, es que yo?
?No se preocupe. ¿Quiere un poco de agua?
?Sí, por favor.
?¿Qué piensa que le pasa a Mo? ¿Usted también lo ve un poco raro?
Moisés reacciona como si despertara de un sueño ?Sí, es verdad. ¿Usted también lo ha notado?
?¿Qué he notado?
?No sé. Creí haberle oído decir que veía raro a Mo.
?¿Acaso cree que haya podido ser el autor material de los crímenes?
?Yo no he dicho tal cosa ?Moisés se siente molesto, no porque el inspector le atribuya con sus preguntas lo que no ha dicho, sino por sentir que con ellas no hace más que poner palabras a sus sospechas, y eso le inquieta, porque él no ha visto nada, sólo un giro de ciento ochenta grados en la actitud de Mo, y eso, por sí mismo, no vale para acusarle. Sin embargo?
?¿Cuál es su versión de los hechos?
?No sabría decirle. Jugábamos a las escondidas, a oscuras, y el que la quedaba? ?Moisés guarda silencio.
?Siga, le escucho.
?Alguien preguntó que quién la quedaba, creo que fue Carmen, pero nadie supo decirlo. A todos nos llamó la atención la actitud sigilosa del que la quedaba. No había manera de saber por dónde andaba, a dónde se dirigía. Es verdad que de vez en cuando podía oírse un leve crujido y algo cayendo a plomo, pero?
?¿Habla de que el asesino quizás fuera el que la quedaba?
?Bueno, puede que sí
?¿A quién se le ocurrió prepararle esta broma a Mo?
?No sé. Simplemente nos pusimos a ello.
?¿Habla por todos o por usted?
?Hablo por mí, aunque creo que allí nadie sabía, a nadie importaba. Lo único que queríamos era pasarlo bien. ¿Es eso un delito?
?Veo que tiene un sentido del humor muy refinado.
?¿Por qué lo dice?
?¿Qué le parece Carmen? Se le van los ojos cuando se cruza con ella, ¿no es cierto?
Moisés no sabe de qué va el inspector. ¿Qué interés puede tener la irresistible desnudez que deja entrever Carmen para que sospeche de ella? ?¿Importa eso mucho? ?le dice con cierto desdén.
?Digamos que era la única que estaba fuera cuando se fue la luz.
?Yo no vi a nadie. Es más, creo que nadie viera a nadie hasta que volvió a prender la luz.
?Nadie se movió de su sitio.
?Bueno. Yo lo único que recuerdo son las carreritas?
?¿Vio quién corría?
?Eso era imposible. Estaba muy oscuro. Sólo sé que las carreritas y el nerviosismo fueron en aumento a medida que pasaba el tiempo.
?¿Y cómo fue que ninguno se percatara? Hablamos de seis cadáveres.
?¿Seis?... ¿No eran cinco?
?Sí, hasta después del último apagón. Hemos descubierto otro cadáver y, por lo que sabemos, sólo salió una persona del salón?
?¡Ah!, ya entiendo ?Moisés se da cuenta de pronto del peligro que corren. El que sea que lo hizo está entre ellos y sigue actuando
_____

En el salón quedan siete. Mo se frota las manos, las ahueca, se las lleva a la boca a modo de megáfono y grita el nombre de Esteban.
?¿Dónde está Moisés? ?pregunta Edu a Mo mientras hace recuento?. A ver, éramos Tomás, Andrés, Estela, Esteban, Sofía, Lu, Tse, tú, Carmen ?la mira?, Moisés, Ig, Clo y yo ?le dice?, y aquí sólo veo a Carmen, a ti, a Lu, a Tse, a Sofía y a Esteban. A Moisés se lo llevaron los polis hace nada y no ha regresado. Carmen se fue y vino, y los demás, excepto tú, Mo, no nos hemos movido de aquí. Quitando a los fiambres, cinco?
?Seis ?le corrige Mo. Edu no sabe qué decir. Evidentemente afectado, enmudece, pero por poco tiempo. En apenas unos segundos, cierra el paréntesis que ha abierto Mo
?Entre nosotros anda suelto el asesino y, la verdad, no es por ofender, pero no creo capaz a ninguno de nosotros de semejante carnicería, menos aún de hacerlo delante de nuestras narices sin dejar rastro.
?¿No nos crees lo suficientemente buenos para?? ?antes de que Mo termine, se produce un nuevo apagón.
?Edu, esto ya no lo soporto. Haz algo, por favor ?le susurra Carmen al oído.
De nuevo, el silencio, pero ahora acompañad por un mar de fondo de murmullos. Sofía no puede más y rompe a llorar. Esteban y Carmen le piden a Mo que encienda la luz. Mo les dice que nones, que la caza de ratones no ha terminado todavía y que? Esteban no puede escuchar lo que sigue. «¿Cómo que la caza de ratones? ¿De qué habla Mo?», piensa aturdido. De nuevo comienzan a chisporrotear los altavoces. «La oscuridad, la oscuridad los hace salir de sus madrigueras y así es más fácil pillarlos, ¿lo entiendes?».
No, Esteban no entiende. Mira en dirección al amplio ventanal y observa absorto el recorrido de la luna, que avanza lentamente tras la negra nube que la oculta. «La caza de ratones continua, ¿quién será el próximo?». La luna aparece por fin en su plenitud, esparce su luz de neón, lechosa, pálida, por la habitación, dibuja una línea quebrada sobre el contorno de cuerpos y muebles dividiendo las sombras en dos: bajo ella, no se ve nada; sobre ella, los espacios vacíos adquieren profundidad y los pensamientos, largueza.
Carmen busca refugio en Edu, que la rodea con sus poderosos brazos. Edu toma nota del calor de sus pechos, de la humedad sobre sus mejillas, del ligero temblor de su cuerpo, de sus labios henchidos? Carmen lo deja hacer y se abraza a sus piernas, derramando sobre sus muslos la cálida gelatina que rellena sus pechos, y rompe a llorar, al principio, de forma contenida, en silencio; después, a lo bestia? Una sombra se les acerca, agarra a Carmen y tira de ella con fuerza. Carmen se resiste, pero no demasiado; espera que Edu se haga cargo, que la libere, sin embargo, Edu no hace nada, no oye nada, sólo deja que la sombra se la lleve sin hacer el más mínimo gesto, sin rechistar, mudo mudo, pero no indiferente. Tiene un miedo espantoso y unas ganas locas de llorar, de romper aguas, de gritarles a todos que él no es lo que parece, que siempre estuvo por Mo, sí, por Mo, por Mo, y que si nunca dijo nada fue por vergüenza y porque los hombres no hacen esas cosas, pero cuando abrió la boca para gritarlo, se le agarró una carraspera a la garganta y una tos que casi lo ahoga... sacándole abruptamente del sueño...
_____

?Sacándole abruptamente del sueño. Mo levanta la cabeza de la mesa. Tiene la manga de la camisa chorreando de babas y una tortícolis de cuidado. La cabeza le duele, le pesa, le estorba. Tiene las escuadras de la frente enrojecidas. En realidad, aún no se ha despertado, se le nota en los ojos vacíos tratando todavía de vislumbrar algo tras la neblina que le cubre el entendimiento. Se levanta de la silla, se tambalea, se apoya con los nudillos sobre el tablero de la mesa. «¿Dónde está? ¿Qué hace ahí?». Se dirige al cuarto de baño. Entra en él. Se agarra, con los brazos rígidos, a los laterales del lavabo, se mira al espejo un instante, afloja los esternocleidomastodontes del cuello y deja caer la barbilla sobre el pecho. La cabeza le cuelga entre los hombros. No recuerda haberse golpeado en la frente, piensa. Abre el grifo del agua. Se moja una mano y se refresca las sienes para mitigar el calor que despide el enrojecimiento. El frío le acelera las revoluciones del corazón. «¿Qué carajo hago aquí? ?se pregunta?. Joder, el vuelo. ¿Qué hora es? ¡Ay, Dios, que la he cagado!». Sale del cuarto de baño a toda pastilla, mira la hora, recoge al vuelo la chaqueta que cuelga del respaldo de su silla y corre los cien metros lisos más rápidos nunca registrados que hay en los escasos veinte metros que separan su cubículo de los ascensores. En apenas media hora llega el avión de sus amigos, le dice al adonis uniformado que ha contratado la empresa para guardar los accesos al edificio. Hace cálculos con el tiempo de que dispone, para ver qué dirección le conviene tomar, y corre hacia el parking. Mientras, llama a Roberto por el móvil, a su inseparable Roberto. Queda con él a las puertas de la comisaría donde trabaja. Necesita arreglar un asuntillo, le comenta, una cosa que le preocupa. La historia va de líos entre copas, y ahora no sabe qué pasó en realidad. Roberto le dice que no puede y quedan para la noche; «demasiado tarde», piensa Mo. Mañana es su cumple y quiere descansar para estar en forma. Mo duda, le cuenta sus dudas a Roberto, y Roberto, su buen Robertito, se pone en su lugar, como siempre, y deciden al final que mejor quedan para después del finde. De pronto se acuerda de que no se le puede olvidar devolverle Seven. «Menudo psicópata cabrón», comenta en voz alta. «Sí, pero no todo fue mal rollo cuando la visionó de nuevo anoche, que, aunque esté mal decirlo, ?recuerda, piensa? hubo al menos un par de ocasiones, si no más, en las que la colgona se las tuvo tiesas con él.
Cuando llega al aeropuerto se encuentra con que han modificado los accesos para los coches, obligándole a entrar en los aparcamientos o a estacionar lejos, en zona prohibida, y jugársela. «Bien empezamos», piensa. De todas formas, no dispone de tiempo ni para pensárselo, así que se traga el orgullo y entra en el parking 1. «¡Mierda de Ayuntamiento! ?se queja?. ¡Mierda de alcalde! ?insiste?. ¿Pero quién coño se creerán que son? ?protesta?. ¡Joder, ni una plaza libre y el tiempo echando leches!», mira el reloj, se desespera. Por fin da con uno, aparca, sale corriendo, sube de dos en dos los escalones de la escalera mecánica, accede al túnel que lo conecta con la terminal 4 y pasa a toda leche de un extremo a otro de cinta transportadora en cinta transportadora. «Tengo que dejar el tabaco», piensa, se para, toma aire, se apoya a lo que sea, los pulmones le van a estallar en mil diminutos pedazos, siente el golpeteo del martillo percutor del corazón bombeando urgentemente oxígeno a todo su cuerpo. Los muslos le hormiguean, las manos le tiemblan. «Tengo que seguir ?mira el reloj?, tengo que llegar? ¡El móvil!», de pronto se acuerda del móvil, se tranquiliza, respira más sereno, más profundo, las manos le siguen temblando, pero menos, toma aire, llama a Lu.
?¿Lu?, ¿Lu?, hola amigo... ?Mo le explica, se disculpa. Lu lo tranquiliza, le propone encontrarse en la cafetería. Mo, aliviado, respira.
Lu siempre tiene la cabeza en su sitio, siempre da con la respuesta que se precisa sin alterarse lo más mínimo. Mo admira su sangre fría, que se agudiza ante las complejidades de la vida, más si más lo son, y su capacidad para contagiar a todos su karma. Con él, todo parece más fácil, los problemas dejan de serlo tanto y el riesgo queda reducido a un juego divertido? «Todo un personaje», piensa. Tse, en cambio, siempre le pareció un gilipollas, y no entiende, nunca pudo entenderlo, que Lu lo eligiera para llevárselo a la cama, siendo como es una mosquita muerta, quejosa y torpe. A lo mejor es por eso por lo que no puede evitar compararse con Tse cada vez que piensa en Lu, porque se siente con Lu como si fuera el Tse que él piensa que es: pequeñito, vulnerable, transparente, manipulable y dócil hasta la humillación. De todas formas, lo que ahora siente por sus amigos es un deseo indescriptible por abrazarles. Hace mucho que no los ve. El destino los separó, y aunque han seguido escribiéndose, ya no es lo mismo. Por eso se animó a montar el numerito de la fiesta de cumpleaños, para recuperar el tiempo perdido. Cincuenta años es una buena excusa para cualquier cosa y una oportunidad para encontrarse con los viejos amigos y jugar a las escondidas.
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