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21/12/2011
El valor de la Onza del Siglo de Oro

El valor de la Onza del Siglo de Oro

Cuando se publicó el Lazarillo de Tormes, la situación financiera de España era catastrófica. Los enormes gastos militares habían metido a la corona en una espiral de deuda insostenible, que en cuatro años llevaría al reino a la declaración de bancarrota: muchos soldados regresaban a casa sin oficio ni beneficio, parte de la juventud emigraba a América y los mendigos menudeaban por las calles. En Lázaro, Juan Ayala y Miguel Oyarzun recrean algunos pasajes de la novela con ojos contemporáneos: su protagonista habla con acento gitano, moro o de chico de barrio, según el caso, y uno de los hidalgos verbosos a los que sirve, con acento argentino, para tender un puente plausible entre la España de entonces y la actual.
Ayala y Oyarzun podrían llevar más lejos las correspondencias entre épocas, pero han preferido poner el acento en el juego metateatral: su recreación del clásico recuerda al Ñaque de Sanchis Sinisterra (escrito a partir de El viaje entretenido, de Agustín de Rojas) y a la certera versión cervantina dos en uno que Pepe Ortega hizo de El coloquio de los perros y El casamiento engañoso. Este Lázaro y sus zarrapastrosos amos van de su época a la nuestra o se mueven entrambas: sus tribulaciones en primera persona nos resultan inquietantemente próximas, y su hambre es la de quienes pernoctan hoy al dudoso amparo de los cajeros automáticos y hacen colas interminables en nuestros comedores sociales.
Oyarzun y Daniel Gallardo, actores versátiles, componen con talento y donaire una galería de personajes polimorfos: ambos pasan de criado a amo sin solución de continuidad, y a veces encarnan a Lázaro al alimón (o a tres, cuando se les une Miguel Pérez Muñoz, músico en vivo), convirtiéndolo así en personaje coral, proyección de un yo colectivo. La ágil puesta en escena de Ayala está salpicada de golpes de magia eficacísimos, sustentados en las notables aptitudes prestidigitadoras de Oyarzun, actor completo: tiene chispa, desenvoltura y una presencia contundente. Porque anda sobrado de aptitudes, podría hacer un ciego más natural y cercano a sí mismo, sin imposturas vocales.
Ayala le hecha imaginación al montaje, resuelto con varias montañas de trapos y cuatro objetos bien escogidos, a los que los intérpretes dan mil usos: cuanto hay se exprime hasta el ápice, como debe ser. La labor de los escenógrafos Tomás Muñoz y Anabel Strehaiano sirve al juego dramático antes que a una concepción plástica personal.
Dando por supuesto que todos conocemos el original, los autores de esta versión del Lazarillo han deconstruído sus episodios, y trazado mil elipsis espaciales y temporales, pero también de sentido, con el peligro de que el público se descuelgue del relato: escenas como la de la cabra, una concesión al puro juego, podrían recortarse para darle más tiempo a otras troncales. Para ser el primero, no está nada mal este vuelo de la joven compañía Mirage.
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Psicoanalisis Cotidiano